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La gloria es un olvido aplazado

Era don Santiago Ramón y Cajal un apóstol de la honradez del entendimiento, lo mismo en el microscopio que en la mesa del café. Como para ser honrado, el entendimiento debe tomarle prestado algo a la fe, desconfiaba de todo hombre inteligente que estuviera tan despojado de ideales que despreciara el noble deporte de tirar piedras a la Luna. No hay ejercicio más útil, porque se acaba siendo un hondero excepcional.

La voluntad, decía, es lo más divino que tenemos. Gracias a ella “afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, corregimos el cerebro y nos superamos diariamente”.

En una ocasión le escribió un trabajo a un compañero de clase por la considerable suma de  veinticinco duros. Puso tanto empeño en su realización, que su compañero suspendió. El jurado que lo evaluó se consideró “incompetente para juzgarlo”. Era demasiado elevado. Así descubrió que las cosas humanas no se dejan reducir a leyes científicas, cosa que incrementó su curiosidad por ambas. Buena prueba de ello son sus Charlas de Café, de donde extraigo tres anécdotas.

La primera tiene por protagonista a una mujer que vivía “a dos lenguas de Alcantarilla (Murcia), y en pleno socarral”. Su padre y su abuelo habían sobrepasado los cien años y ella llevaba camino de emularlos. “Cuando la vi frisaba en los noventa y siete; dormía en una especie de pocilga húmeda y angosta;  caminaba cada día cuatro leguas para vender en Alcantarilla huevos y comprar provisiones, y abusaba lastimosamente del aguardiente y del tabaco. Pregunté a la anciana si se sentía satisfecha de su senectud y fuerte y lozana respondióme con aire melancólico y desolado: No, señor; me cansa la vida; deseo que cuanto antes se me lleve la Virgen del Carmen. Y la ingenua vieja murió dos años después, no por caducidad irremediable, sino a causa de un hartazgo de higos chumbos.”

La segunda tiene lugar en los tiempos de la primera república. En Ronda se organizó “la correspondiente milicia nacional. Nada menos marcial, al principio, que sus arreos: morriones abollados, polainas de caballista, chaquetas agitanadas y, lo que fue más grave, fusiles sin pistón ni gatillo, cuando no roñosos y vetustos mosquetones de chispa. Armado con una de estas venerables carabinas, tocóle montar la guardia a cierto gitano jacarandoso, quien, viendo acercarse un bulto, gritóle con voz estentórea y terrible:

  • ¡Atrás, paisano!… ¡Si das un paso, te abraso los hígados!…
  • Pero, ¡camará! –respondió el transeúnte pacífico-, para decirme eso no hay que amenazar.

A lo que el centinela socarrón, después de reconocer al amigo y mostrarle el mosquetón aparatoso, repuso:

  • ¡Hazte cargo!… Armado con esta escoba, ¿quién me respetará si no añado una miaja de suplemento?

La tercera recoge una discusión en el Ateneo de Madrid sobre “el manoseado tema de la escasa retribución de los maestros de escuela. Todos lamentábamos el infortunio de la sufrida clase, tan traída y llevada en zarzuelas y sainetes, cuando Zahonero se levantó para decir: Si no cobran, suya es la culpa, porque en treinta años de labor no han sabido educar una generación que les pague.”

Don Santiago bien sabía que “la gloria no es otra cosa que un olvido aplazado”, pero no esperaba que la jubilación lo pillara sin un céntimo y, mucho menos, que (como recordaba el maestro Ruiz Quintano, la semana pasada en ABC) el Congreso le negara una pensión: “setenta diputados votaron que sí y ciento cuatro votaron que no.”

Sirvan estas líneas para aplazar un poco más el olvido de nuestro insigne compatriota.

 

 

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