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La grada y el palco

Foto: Manu Fernandez | AP

Apuntan incansables, los bienintencionados, que el independentismo carece de mayoría social en Cataluña: “Los partidarios de la independencia no alcanzan el cincuenta por ciento”, insisten. No se equivocan, pero el argumento aritmético, aunque innegable, revela una imagen distorsionada de Cataluña: la sociedad catalana puede estar cuantitativamente dividida por la mitad, pero está cualitativamente decantada hacia el nacionalismo. En otras palabras, el problema fundamental del nacionalismo no es el cuántos, sino el quiénes. En efecto, los independentistas no son mayoría, pero mueven todos los hilos del poder; un rector pesa más que diez bedeles. Es el desarrollo del programa 2000 de Pujol, del que se cumple incluso aquel siniestro apartado que hablaba de garantizar “la sustitución biológica”. En buena medida, el procés ha sido un asunto de familia: los papás en los despachos y los niños en la calle. Los nacionalistas no son los más, pero son los que importan: son la algarada y el poder, la grada y el palco.

Así, lo más descorazonador de los disturbios de las últimas semanas no han sido las barricadas o las hogueras, sino la complicidad de sectores clave de la sociedad civil. Que el total de independentistas no alcance el cincuenta por ciento del censo es irrelevante cuando en la causa están los rectores de universidad y los directores de departamento, el estirado público del Liceu, los directores de instituto, el médico de urgencias, el Barça y hasta el tutor de primaria. El posicionamiento estratégico del nacionalismo le otorga un poder omnímodo que neutraliza la superioridad numérica de sus adversarios y le permite someterlos a su dogma.

Los finos observadores que ven la sombra del IBEX y de los poderes fácticos en todas las esquinas deberían probar a vivir en la piel de un no nacionalista en Cataluña. Comprobarían cómo el nacionalismo regula el mercado más importante de toda comunidad política: el precio de la discrepancia. Ya les adelanto que el importe a pagar por disentir del poder, y de la masa silente que este ampara, es alto, muy alto. He aquí la famosa fábrica de independentistas: uno no se adhiere a un movimiento político de estas características por una suerte de cálculo racional, sino porque sale demasiado caro no hacerlo. Sobre la prensa nacionalista no es necesario añadir nada que no se haya repetido cien veces: cuando el poder subvenciona la opinión pública, lo que queda es un consenso dopado, una democracia adulterada. En el País Vasco hubo violencia, pero quedaron espacios libres del nacionalismo obligatorio, entre ellos la universidad, que siguió —y sigue— produciendo trabajos de gran rigor científico, ajeno a las tentaciones pseudocientíficas que alientan los tribalismos nacionales.

Quizá recuerden aquella noche de 2009 en que el Barça celebraba en el Camp Nou los éxitos de una temporada histórica. Con el estadio abarrotado y eufórico, los jugadores se pasaban el micrófono y pronunciaban unas palabras de agradecimiento. Siguiendo la tradición, cerraban sus intervenciones dando viscas al Barça y a sus respectivos países. Por supuesto, los jugadores catalanes se limitaban al clásico “Visca el Barça y visca Catalunya”, y cuando le llegó el turno a Iniesta, el albaceteño, tras los agradecimientos esperados, gritó “Visca el Barça, visca Cataluña y visca… Fuentealbilla”. ¿Quién puede culparle? Ni el palco ni la grada habrían tolerado la alternativa.

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