Ferran Caballero

La gran diferencia

Pensé que le estaba plagiando el discurso de investidura a Colau y los podemitas. Por lo de no ser un traspaso de poderes como cualquier otro sino uno que marca un antes y un después. Por lo de estar devolviendo el poder al pueblo y el pueblo al poder. Por lo de que nunca más gente olvidada por su gobierno, nunca más un gobierno sin su gente. Por aquello de las élites que se servían a sí mismas y lo de un gobierno que está, por fin, para servir a su pueblo. Por todo este manual de populismo para dummies, en fin, y valga la redundancia.

Opinión

La gran diferencia
Ferran Caballero

Ferran Caballero

Profesor de filosofía y autor del libro "Maquiavelo para el s.XXI". "Tot ve que cau"

Pensé que le estaba plagiando el discurso de investidura a Colau y los podemitas. Por lo de no ser un traspaso de poderes como cualquier otro sino uno que marca un antes y un después. Por lo de estar devolviendo el poder al pueblo y el pueblo al poder. Por lo de que nunca más gente olvidada por su gobierno, nunca más un gobierno sin su gente. Por aquello de las élites que se servían a sí mismas y lo de un gobierno que está, por fin, para servir a su pueblo. Por todo este manual de populismo para dummies, en fin, y valga la redundancia.

Pero lo cierto es que algunas diferencias había. La primera, y no se rían, es que el discurso de Trump fue mucho menos egocéntrico que el de Colau. La segunda, que destacaba Graupera, es que Trump dijo algo que nunca diría nadie, y menos un podemita, en esta parte del mundo: “sacaremos a la gente de las prestaciones sociales y la pondremos a trabajar”. Una afirmación que debe responder a esta curiosa concepción de los americanos según la cual es más digno ganarse el pan que mendigarlo y que constituye una diferencia con nosotros que Scruton considera casi metafísica: “En América, es extremadamente fácil y rápido hacer amigos. Por lo tanto, las amistades se olvidan y superan con la misma facilidad. Así que puedes senrirte muy solo incluso si eres muy popular. Por otra parte, es muy fácil ser rescatado en América. La gente en seguida se ofrece a ayudarte y es propio de los americanos el disfrutar con el éxito ajeno. Los europeos se toman mal el éxito, excepto si es el propio. Esta es una diferencia casi metafísica entre las dos culturas”.

Pero había otra diferencia que es mucho más importante que la metafísica: el discurso de Trump es muy distinto de los discursos podemitas porque lo hizo Trump y no los podemitas. Y es que para esta buena gente lo fundamental no es qué se dice o qué se hace sino quién lo dice o lo hace. Desde permitir deshaucios hasta protagonizar escraches o propinar palizas a mujeres. O estar en contra del TTIP, como nos recordaba Echenique, que está en contra del tratado para defender a los pobres mientras que Trump está en contra del tratado para defender a los ricos. Y ojito aquí, porque también podría ser que los dos tuviesen razón y que el TTIP fuese al mismo tiempo malo para los ricos y para los pobres, pero entonces el populismo sería mentira y, oh paradoja, los dos estarían equivocados.

Pero decía que lo importante no es si el TTIP es bueno o malo, sino quién lo defiende. Y es así porque la concepción de lo justo, lo bello y lo cierto de estos populistas es la misma que la de un párvulo: justo, bello y cierto es lo suyo y lo demás es feo, tonto y caca. Y así, claro está, no hay discusión posible sobre la eficacia de ninguna política ni de ningún tratado ni de nada. Por eso las declaraciones de Echenique sobre algo tan técnico como el TTIP son significativas. Porque nos muestra muy a las claras que el problema que nos espera con el populismo no es, por mucho que se empeñen, un retorno a los años 30 con sus nazis y sus comunistas y sus persecuciones de judíos y disidentes. El problema es que esta indiferencia hacia las discusiones técnicas, del TTIP o del precio del alquiler de pisos o de tantas otras cosas, es una indiferencia hacia el crecimiento económico. No son, decía Niall Ferguson, fascistas. Son populistas en el sentido clásico. Y esto no lleva necesariamente a los campos de concentración, pero sí a un empobrecimiento generalizado. Así que podemos respirar tranquilos; como revolucionarios, son una farsa. Pero como gobernantes, una auténtica tragedia.

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