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La gran 'hilusión'

Foto: Jean Renoir

Sí, es la democracia. Es un sistema que permite a los representantes del pueblo cambiar de un día para otro a un presidente del gobierno teñido por un caso tras otro, a cuál más flagrante, de corrupción. Es la democracia, o al menos, lo era el otro día, y salía por televisión. Todos estábamos pegados a la pantalla. Mientras escuchaba discursos muy buenos, réplicas y contrarréplicas, sentí algo que hacía años que había perdido. Fue una sensación suave, leve, auténtica, un hilo de ilusión que sin embargo, perdura. Enseguida hubo muchas voces que pretendían matarla. Odio que me quieran quitar la ilusión, como cuando era pequeña y veía MacGyver y mi hermano el físico se empeñaba en explicarme por qué era científicamente imposible que MacGyver hiciera tal o cual cosa. ¡Aguafiestas, cállate, que ya lo sé! Callaos ya con los presagios, que lo sabemos perfectamente. Lo sabemos, pero es necesario salir del enroque, salir de la corrupción que nos empobrece como nación y como individuos. Callaos con las dudas y las amenazas y poneos una buena película que os devuelva la ilusión. La gran ilusión, por ejemplo. O mejor, una serie: Borgen. Que es estupenda.

La ilusión. De esto quiero hablar. Hace años que la perdí. La recupero a ratos, con cosas muy concretas, un proyecto, un libro, una felicidad de los hijos, una palabra cariñosa de un lector. Cosas puntuales. Pero la ilusión, con mayúsculas, “La gran ilusión”, la perdí de golpe el día en que cerré los ojos del hombre amado. Cerré sus ojos con la mano con la que escribo y comprendí que mi ilusión salía de sus pupilas, no de mis dedos. Salía de su mirada azul y de su reflejo admirado en mí.

Esas navidades atroces del 2011, comprando regalos para los niños, deambulando por los centros comerciales brillantes y musicales, miraba a los atareados transeúntes, cargados de bolsas, pararse frente a todo lo que brilla como nativos de alguna tribu remota ante collares de cuentas europeos. Me habría gustado gritarles: “todo es falso, no existe, es luz, es neón, es una construcción ficticia en la que la vida nos cría desde niños, no necesitáis esas cosas, que encima vienen de China, donde miles de niños muertos de hambre cosen hasta quedarse sin manos esos jerséis de mala calidad, que destiñen sobre la piel y se llenan de pelotillas en dos días, pero que hoy os parecen cosas elegantes en sus envoltorios. Os están vendiendo ilusión”. Así de perdida estaba.

Han pasado muchos años ya desde que esos ojos azules no miran. Mi desilusión es menos grave. Sigo sin la ilusión que da el amor entre iguales, la construcción de una fantasía común, aunque estoy mejor, de verdad. Soy capaz de escribir con toda el alma, que es lo único que nadie ha logrado quitarme a pesar de que hace menos de un mes, a mis 48 años, tras 20 de profesión, entro en el despacho de un productor a negociar la compra de derechos de una obra teatral para el cine. Lo primero que dice es: “me das miedo. No sé qué vas a opinar de mi oferta”. Claro, cómo no le voy a dar miedo. Su oferta era muy mala. Es malísima. Él lo sabe de sobra, y encima sabe que no me puede pagar la mitad en ilusión porque ha leído mis artículos. “No tengas miedo, que vamos a llegar a un acuerdo”, le digo. Me ofrece hoy el 3% del pago, el 97% restante si le ve posibilidades a levantar el proyecto. Acepto sin negociar. Hagan sus cuentas de ilusión. Yo he luchado toda la vida contra estas prácticas. He escrito artículos demoledores y algunos productores me han cerrado sus puertas, porque ellos siguen canjeando ilusión por esfuerzo sin pago real. Los motivos por los que acepté el trato, se resumen en amistad, el factor humano, el saber que es eso o nada, lo que sea. Pero es que además, me llevé el sermón y mire, como dice el chiste: “agente, póngame la multa o écheme la bronca, pero las dos cosas, no”. Pero me lo llevé: Me dijo: “Vendemos humo. No tenemos nada. El cine son ideas. Es primordial ilusionar a la gente”. Eso me dijo el productor en medio de su cariñosa regañina de que no puedo estar en este mundillo sin ilusión.

En otras circunstancias, con otra gente, con más espíritu kamikaze habría dicho: “no, querido amigo, no vendéis humo. Si vendierais humo, no necesitaríais el guion. Vendéis guiones. Guiones vendéis. Necesitáis los guiones para levantar los proyectos. Hay que pagar los guiones”. Me callé. No había ido a discutir, sobre todo porque no estaba sola, había otros compañeros delante. Es a nosotros, a los guionistas, a los escritores, a los que nos vendéis el humo de que un día se hará nuestro proyecto, y nos habéis acostumbrado a bajar la cabeza y a sonreír encantados, porque el guionista respondón que dice lo que piensa no vuelve a ser llamado por muy bien que haga su trabajo ya que “carece de ilusión”.  Sé perfectamente que jamás veré ese 97% restante de mi última negociación. Tú también lo sabes y ambos salimos de la reunión sonriendo. Ay, cuántas veces, la ilusión del guionista es como un orgasmo fingido para salir corriendo.

Pero esto no va de cine, no, ni de escritura, ni de sexo. Ni siquiera de negociaciones. Va de buscar ilusión como el que se está quedando ciego y busca ver la llama de la vela. Me pregunto si existe tras haber tocado los párpados muertos del hombre que me hacía saltar de ilusión, y aparece una puerta que se abre y detrás de ella, veo a toda la izquierda del hemiciclo votando para que un presidente de izquierda quite la superestructura de la corrupción de un golpe, se ponga a negociar algo de una forma que no sea mediante la sorda y muda guerra de banderas, con himnos cantados por Marta Sánchez y mujeres políticas vestidas de faralaes y la palabra España dicha de una forma que me suena a Espuña. Y sucede. Un hilo de ilusión, aparece un hilo, una hilusión. Pienso que quizá hay esperanza para tratar de detener el mar de grúas inmobiliarias que se ciernen sobre los campos bellos de mi pueblo, detener esta nueva vida a crédito en todos los ámbitos del consumo. Pagamos mensualidades por todo. Por los móviles, por los coches -que ya no se pueden comprar más que a plazos-, por las baterías de los coches si son eléctricos, por la electricidad que alimentará las baterías de los coches eléctricos si queremos ser ecológicos y que contaminará de forma enloquecida otra zona del mundo con más furia que el viejo coche que funcionaba a gasoil. Vivimos entre decenas de pequeños alquileres irrenunciables: el transporte, la información, la educación. Estamos huérfanos de autonomía. De autonomía individual. Imagina que algo cambiara. Imagina que la izquierda más populista cumpliera con su papel de hacer de pepito grillo, imagina que el problema catalán encuentra una tercera vía que no nos lleve a la guerra civil o la guerra de castañuelas y salchichón.

Eso es la ilusión. ¿Pensé alguna vez que en mi mundo sin ilusión Pedro Sánchez pudiera ilusionarme? Nunca lo pensé y sin embargo ha ocurrido porque me acuerdo de Suárez y de lo que sus contemporáneos decían de él y no era muy distinto de lo que dicen los de Pedro Sánchez de este hombre que hoy ocupa La Moncloa. En esa normalidad casi gris, Suárez unió a los normales quizá por no provocar pasiones extremas y los normales son como yo. Gente desencantada pero muy preocupada. Gente que sabe lo que es perder la ilusión de la peor manera posible. Aunque es todo de momento una hilusión, por el hilo se deshacen los jerseys de china.

Me pongo a ver La gran ilusión. La magnífica, magnífica película de Jean Renoir, de 1937, precursora de todas las películas de campos de prisioneros en tiempos de guerra. Siento que estamos haciendo juntos un túnel para escapar y que lo de menos es escapar y lo de más, la construcción del túnel. Qué humor, qué finura, qué guion. Empieza con una escena genial en el bar de oficiales. Un cartel en la barra dice: “Escuadrilla MF902. El alcohol mata. El alcohol te vuelve loco. El jefe de escuadrilla bebe”. Sonrío en la primera secuencia. Bebamos por la democracia.

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