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La grave ausencia de la socialdemocracia

Una de las consecuencias de la crisis de la última década en Europa ha sido la pérdida de identidad de la socialdemocracia. O al menos de la posibilidad de su práctica política sin necesidad de mirar de soslayo los intereses de las cuentas del Estado. En suma, preocupación y freno del gasto público: lo que hace quince años era usual en el programa político de los partidos próximos a la izquierda moderada es hoy una quimera con tintes industriales de utopía. Esto, no obstante, no es algo que se pueda despachar con facilidad. De hecho, personas con posturas tendentes al liberalismo, en la total amplitud de su gama, niegan, al menos en España, este menoscabo de la inversión, de las ayudas públicas, cuya situación actual, según estos, no es la supresión, sino la necesaria revisión. Y lo refutan con algo muy sano en este tipo de debates: con datos. Ya se sabe que la ideología es lo contrario de la ciencia, en tanto en cuanto la ciencia es conocimiento verdadero y la ideología es una ambigüedad de aquel, la manifestación de objetivos particulares que quieren pasar por objetivos y generales. Lo curioso es que esto lo dijo Marx, nombre nada sospechoso de conspiraciones libertarias.

Pero, de una forma u otra, la identidad de la socialdemocracia se ha esfumado del escenario en mayor o menor medida. Ahí está, por ejemplo, el auge de movimientos de masas coquetos del radicalismo y de posturas alejadas a toda moderación, movimientos que ocupan, en una colosal estrategia de marketing, el vacío del campo socialdemócrata. Otro apunte: la reforma laboral de Hollande.

Sartori dio una respuesta para nuestro tiempo: la política pragmática se ha impuesto a la ideológica. Y esto es en parte lo que pasa en Francia y en el resto de Europa respecto del adiós socialdemócrata. Demandamos proposiciones poco afines a la socialdemocracia porque la realidad de la coyuntura económica lo redacta. El problema más próximo, y uno de los más graves, es que haya fuerzas populistas que aprovechen este contexto de debilidad socialdemócrata para alimentarse de credibilidad, como ya vemos en Francia con Le Pen o en España con Iglesias. Así, para un país estable y desarrollado, la socialdemocracia es tan necesaria como aquellos que, con datos y alternativas originales, posibles y moderadas, no están de acuerdo con ella.

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