Aurora Nacarino-Brabo

La guerra contra las drogas ha terminado

Hace ya diez años que Antonio Escohotado lo proclamó en Televisión Española: “La guerra contra las drogas ha terminado”. No era creíble, decía, pensar que se podía estar librando una batalla contras las drogas cuando su uso y presencia no iba sino en aumento. Había que asumir que las drogas no iban a desaparecer. Que siempre acompañarán al hombre, como lo han acompañado desde que puede llamarse hombre.

Opinión

La guerra contra las drogas ha terminado
Aurora Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo

Politóloga y periodista, aunque, en realidad, sólo sé de fútbol

Hace ya diez años que Antonio Escohotado lo proclamó en Televisión Española: “La guerra contra las drogas ha terminado”. No era creíble, decía, pensar que se podía estar librando una batalla contras las drogas cuando su uso y presencia no iba sino en aumento. Había que asumir que las drogas no iban a desaparecer. Que siempre acompañarán al hombre, como lo han acompañado desde que puede llamarse hombre.

No hay nada más sencillo que conseguir drogas. Pero en lugar de aceptar que la prohibición ha fracasado y volcar los esfuerzos en la prevención, la información, el uso responsable y los controles sanitarios, los estados perseveran en la ficción de que están luchando contra las drogas. Y son mayoría los ciudadanos que piensan que su mundo es más seguro con una patrulla de la policía persiguiendo a camellos de poca monta y asaltando chabolas en el extrarradio de Madrid.

Pero esta seguridad también es una ilusión. A la salida del colegio, los chavales volverán a fumar porros en los parques. Y no habrá noche del sábado a la que le falte MDMA. Los baños de las instituciones del estado seguirán cubiertos del polvo blanco de la cocaína. Y los largos temarios de las oposiciones se prepararán mejor con medio gramo de speed.

La tranquilidad de los occidentales no solo es ilusoria. También tiene un coste gigantesco. En Filipinas, 2.086 personas han sido asesinadas en operativos antidroga y otras 3.000 han muerto en circunstancias no aclaradas desde la llegada de Duterte al poder. Además, el presidente ha reconocido que, cuando era alcalde de Davao, se encargaba personalmente de patrullar las calles con su motocicleta y matar a tiros a todo aquel que le pareciera narcotraficante o drogadicto.

En México, que en 2006 decidió militarizar la lucha contra el narcotráfico, la guerra contra las drogas ha producido cerca de 200.000 muertos. La inseguridad y la violencia asociada a esta batalla ha hecho de América Latina una de las regiones más peligrosas del planeta. América Central y el Caribe presentan una colección de estados fallidos colonizados por pandillas de criminales vinculados con el tráfico de estupefacientes. Y la violencia siempre trae de la mano la pobreza. El aumento de los homicidios lleva aparejada una caída del precio de las viviendas, especialmente en los distritos más humildes, así como el cierre de negocios, el auge del desempleo y la debilitación de los salarios. Buena parte del Cono Sur se esfuerza abnegadamente por prosperar económicamente, pero lo hace siempre cargando con la losa del narcotráfico, que representa un agujero negro de cientos de miles de millones en su producto interior bruto.

Todo para que una parte de los occidentales pueda seguir bailando los fines de semana, mientras la otra parte duerme tranquila, en su seguridad ficticia. Hace ya mucho tiempo que la legalización de las drogas dejó de ser solo cuestión de libertad. Hoy es una necesidad humanitaria.

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