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La guerra de Siria, en casa

Foto: Hassan Ammar | AP

Siria es desde hace años el centro de la nueva guerra fría, un conflicto local pero en el que están bregados dos grandes bloques del terreno internacional. Por un lado están los Estados Unidos, con sus aliados, y por el otro Rusia e Irán. En el origen de la guerra está la torpe intervención occidental rompiendo el statu quo en nombre de la democracia. Ahí tenemos la “primavera árabe”, que sólo ha servido para quebrar los equilibrios del régimen, desatar los odios larvados entre tribus y facciones, y desatar una guerra en la que han perdido la vida varios centenares de miles de personas. De camino, le hemos abonado el terreno a la peor amenaza terrorista de las últimas décadas.

La niebla de la guerra no permite conocer si Bashar al-Assad acribilló territorio enemigo con armas químicas, pero lo poco que sabemos parece indicar que fue así. Occidente se indigna con esta llama de un fuego que ha prendido él, y descubre que el uso de estas armas es inadmisible. Y ha reaccionado con un ataque que es más una advertencia al régimen de Assad.

Si siguen las reacciones en escalada bélica, nos enfrentaremos a las marcas de la guerra moderna. Que son, en primer lugar, la verdad masacrada bajo un incesante fuego de mentiras, desinformación y ocultamiento. La adopción de medidas que limitan nuestra libertad, pero que aceptamos porque son extraordinarias y se revertirán en cuanto termine el conflicto; aunque nunca sea así. Y veremos a los grupos que medran a base de romper los consensos internos de la sociedad llevando los peores valores de la guerra, enraizados en el odio, para sus propios fines. Una guerra en Siria puede ser desastrosa en nuestra propia sociedad.

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