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La guerra terminará

Pocas imágenes más estremecedoras que la de esos niños condenados por los propios bárbaros a la muerte: la caricatura funesta y escalofriante de todos aquellos valores supuestamente adheridos al heroísmo bélico. Bajo el lema “sangre y honor” los retoños del nazismo jugaban a la guerra letal (perdón por el pleonasmo) en El puente, soberbio film de Bernhard Wicki que mostraba la caída del fanatismo hitleriano a través de la mirada herida de un grupo de niños obligados a vivir lo peor de la edad adulta.

Cuando los ejércitos buscan la carne de cañón más tierna, todo está ya perdido. No se trata, qué duda cabe, de una buena noticia; en cualquier caso, indica que el terrorismo islámico será derrotado. Arrasado. La guerra será larga y cruenta pero al final la victoria está asegurada. No puede ser de otra manera. Aunque tiendo al escepticismo profiláctico, un mínimo de conocimiento histórico y el convencimiento de que el progreso humano acaba imponiendo su razón son suficientes para vaticinar el fin del yihadismo.

Sin embargo no sabemos si el terrorismo presente mutará en otras formas de terror futuro, al igual que el anarquismo revolucionario del siglo XIX -aquel que tanto Dostoyevski en Los Demonios como Conrad en El agente secreto tan perspicazmente desenmascararon- sirvió de referencia a los grupos terroristas de extrema izquierda del pasado siglo.

De momento, y hasta nuevo aviso, estamos en guerra. Parece ser que en Europa nos cuesta todavía entenderlo. Está muy bien que reivindiquemos los principios solidarios del continente, su condición de cuna ilustrada. Tampoco estaría de más, no obstante, que exigiéramos una política común y estrategia clara en materia de defensa (y de ataque). Tal vez así comprendamos que cada atentado terrorista no es otra cosa que un intento de socavar la civilización. Suena grandilocuente, lo sé. Pero también lo son las marchas militares.

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