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'La hija de la española' como puente

Foto: Penguin Random House

Me sumergí hace unos días en la lectura de La hija de la española, esa novela de la que todo el mundo habla y a la que ya acompaña el éxito aun sin haber echado a andar. Este triunfo en la prepublicación se explica desde muchos puntos de vista: la fiabilidad de su autora, Karina Sainz, a quien cualquiera que tenga metido los pies mínimamente en el barro del periodismo literario ya imaginaría siendo la gran novelista que ahora es; una sinopsis que deja a uno clavado sobre la cubierta del libro sin armas para negar su compra; el desarrollo de dicho argumento, muy rápido en su explosión, sin tiempo para medias tintas (de hecho, si he de ponerle algún pero a la novela es también ése: echo en falta cien paginillas más); y un contexto político y social que acompaña a la mímesis contextual que Karina dispone. Todo ello, claro, haría que hasta un ciego invirtiera en un producto editorial así.

Pero volvamos al argumento. Adelaida, la protagonista, ve cómo el entierro de su madre se expande suavemente sobre su futuro, lo que sumido al ambiente asfixiante de la Caracas del siglo XXI la coloca en una situación límite. Aurora, la hija de la española, fallece dejando la concesión de su pasaporte español en manos de Adelaida, quien no duda en agarrarse a ese último asidero para escapar de la muerte. La historia es el penúltimo adoquín del puente que desde hace siglos se establece entre Hispanoamérica y la península, bien desde el punto de vista de la realidad (Adelaida no deja de ser el último exilado que hubo de cruzar el charco, en una dirección o en otra), y por supuesto en el ámbito literario y editorial. Es precisamente en este último punto donde me quiero detener aun a riesgo de saltarme el espacio sucinto del género columna.

Si para algo sirvió el siglo XX fue para terminar de afianzar el puente del que hablábamos líneas atrás. Primero, de allá para acá, con Rubén Darío, Borges, César Vallejo, Carpentier y otros que observaban y glosaban en su arte el Viejo Continente ya con una pluma que no sólo le aguantaba la mirada a la estilográfica europea, sino que en más de un verso y en más de un renglón la superaban. A rebufo, el fenómeno editorial del Boom junto a los Nerudas, a las Mistrales o a los Benedettis consiguieron que esa vieja aristocracia europea mirase hacia Hispanoamérica y percibiese allí el tesoro que hasta entonces habían obviado. Pero al siglo XXI entramos con un nuevo prototipo de autor, que ya es tan de aquí como de allí, cuyo americanismo se ha fundido con el europeísmo que practica, o viceversa. Creo que nadie, tampoco él mismo, supo si Bolaño fue más español que chileno (o mexicano). Pues esa misma bicefalia se encuentra hoy en autores como Patricio Pron, Mónica Ojeda o la propia Karina Sainz. Parte de su encanto está en que ya no resulta un drama saber si ellos recogieron o no el pasaporte del muerto, de la hija de la española. Porque esa dicotomía es el motor de la doble mujer que nace del recuerdo Adelaida-Aurora, y porque probablemente esa dicotomía la lleven dentro Karina y la mayoría de los aquí citados. «La hija de la española»: novelón. No se lo pierdan. Y mientras, alegrémonos de que el cacareado diálogo entre la literatura española y la hispanoamericana sea, cada día con más nitidez, un monólogo imparable.

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