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La hipertrofia de la predicción

"Que nadie se engañe: no sabemos cómo será el mundo ni en 2070 ni el mes que viene"

Foto: Alex Blăjan | Unsplash

La pandemia del coronavirus y sus efectos han sorprendido al mundo –y alguna razón tendrá que ver la ocultación de la facilidad de contagio y de la letalidad del virus por parte de la dictadura china–. Es cierto que hemos conocido charlas TED e informes de estos últimos años en los que los grandes organismos de seguridad nacionales y supranacionales, entre otros, hablaban de una potencial epidemia que podía originarse, además, en determinados mercados chinos a través del fenómeno de la zoonosis. Pero era una advertencia abstracta, casi una nota al pie o un anexo demorado, como los de esos informes fríos que están obligados a consignar todos los riesgos potenciales ante una inversión, por más improbables que parezcan. Lo improbable sucede, el "cisne negro" del que hablara Nassim Taleb y que tanto se ha traído a colación estas semanas de crisis sanitaria global.

Nuestra sociedad funciona en base a números, cálculos, predicciones y proyecciones. Una costumbre y unas técnicas reforzadas en estos años de refinamiento en los instrumentos de recolección y análisis de datos. Con ellos, los Gobiernos y las empresas construyen horizontes a los que se encaminan los esfuerzos colectivos, y también nos dan pistas en nuestro manejo individual. Nos hemos acostumbrado a escuchar vaticinios de casi todo y cada vez más osados en el tiempo: el sector bancario en 2070 será de tal manera o de tal otra, el mundo del libro será de aquella otra en 2030, el porcentaje global de clase media será X en 2030. Una costumbre cuya profundidad y complejidad se han extendido desde las ciencias –como las predicciones sobre el cambio climático o la medicina– a las ciencias sociales –como los tipos de empleos del futuro o la evolución del crecimiento económico a largo plazo–.

Sucesos como la crisis de 2008 o la actual del coronavirus dan al traste con esos horizontes, que revelan de repente su constitución de cartón piedra y sus cimientos de barro, por más que se sustenten en el trabajo de los profesionales más formados del mundo. En cambio, pese a los persistentes desmentidos de la realidad, insistimos en la costumbre no ya de medir y proyectar –como debe hacerse–, sino en presentar o asumir dichos augurios como verdades reveladas, como un futuro casi cerrado, una obra a la que solo le falta la manita de pintura y la cédula de habitabilidad. Que nadie se engañe: no sabemos cómo será el mundo ni en 2070 ni el mes que viene, aunque lo prediga un análisis de Henry Kissinger o el tuit del último cuñado. No es que no podamos observar tendencias y cambios, pero cabe exigir algo más de humildad tras dos crisis devastadoras que el consenso de los expertos no previó, pese a todo su aparataje teórico y técnico. "¿Y esto cómo es que nadie lo vio venir?", se preguntó con involuntario humor inglés la reina Isabel II cuando le explicaron el origen de la crisis financiera de 2008.

Este desmentido constante no es inocuo. Defraudar expectativas nunca lo es, y si no, habrá que preguntárselo a esa generación –que es la mía– que va a encadenar dos crisis fatales seguidas, una al salir al mercado laboral y otra en la edad de empezar a consolidarse en su profesión: no era eso en lo que se nos educó y lo que se nos auguró. Pero hay un efecto todavía más preocupante, y es el de la sombra de sospecha que la hipertrofia de la predicción en las ciencias sociales extiende en las predicciones y proyecciones científicas como las del cambio climático. Por esa razón, no tengo tan claro que vayamos a salir de esta conjurando el peligro de los negacionistas de la ciencia: la crisis es general, de nuestra mirada y nuestra confianza hacia el futuro, no del oráculo de Delfos frente al panel de expertos.

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