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La historia, seguro, lo juzgará

Ha muerto Fidel y hemos asistido al espectáculo trivial de unos medios de comunicación que han sido más generosos con él (que no hubiera autorizado su publicación en Cuba) que con Donald Trump, que ha tenido la desfachatez de ganar unas elecciones democráticas contra las preferencias de estos medios. Pero no voy a hablar de Fidel, sino de un oscuro episodio de la historia cubana que nunca interesó mucho a la prensa.

La cubana Teresa Proenza vino a Barcelona en junio de 1937 como delegada del Socorro Rojo Internacional y del Comité de Ayuda a los Niños de España. Aquí contactó con dos mujeres que colaboraban con los servicios de inteligencia soviéticos, Caridad Mercader y Carmen Brufau, y se reencontró con su amante, Elena Vázquez, que trabajaba en la embajada de México en Madrid.

Cuando en 1945 Carmen Brufau se instaló en México, vivió en casa de Elena, que la infiltró en la secretaría del presidente Miguel Alemán.

En 1963 encontramos a Teresa en la embajada de Cuba en México, a Caridad en la embajada de Cuba en París y a Carmen residiendo en la isla mexicana de Cozumel, cerca de Cuba. Este mismo año, un agente de la CIA esbozó un esquema de la red soviética de espionaje que operaba en Cuba y México en el que hallamos a estas tres mujeres junto a Elena Vázquez. El 1 de octubre –seguimos en 1963- el mexicano Pedro Gutiérrez Valencia que había acudido a la embajada de Cuba en México a realizar unas gestiones burocráticas, se detuvo en los jardines a encender un cigarro. Lo hizo tan abruptamente que una persona chocó con él. Gutiérrez pudo identificarlo: eraLee Harvey Oswald. Una comisión del Senado norteamericano investigó el asunto y concluyó que Oswald se había entrevistado conTeresa Proenza.

Teresa fue forzada a viajar a Cuba y la detuvieron nada más llegar. Permaneció tres años en arresto domiciliario, aislada de su familia. En 1970, una figura del entorno de Fidel, le confesó a una hermana de Teresa que sobre ésta había pesado una condena de muerte por haber tenido relación con Oswald. Sin embargo, Teresa fue una de las dos personas que, habiendo sido acusadas de traición, no fueron fusiladas en Cuba. La otra fue su íntimo amigo Joaquín Ordoqui.

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