Pablo Mediavilla Costa

La hoja o la vida

No hay lunes en el que me toque escribir esta columna que no se convierta en una tortura. Pasan las horas, las miradas al vacío, los paseos absurdos por la casa. Lío un cigarrillo tras otro, abro libros al azar, entro en periódicos extranjeros, me entretengo con las ocurrencias más disparatadas que no aguantan ni dos asaltos en la pantalla. Es difícil tener ideas propias y expresarlas con precisión y originalidad; quinientas palabras redondas que caminen con gracia por el alambre.  

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La hoja o la vida
Foto: Kinga Cichewicz

No hay lunes en el que me toque escribir esta columna que no se convierta en una tortura. Pasan las horas, las miradas al vacío, los paseos absurdos por la casa. Lío un cigarrillo tras otro, abro libros al azar, entro en periódicos extranjeros, me entretengo con las ocurrencias más disparatadas que no aguantan ni dos asaltos en la pantalla. Es difícil tener ideas propias y expresarlas con precisión y originalidad; quinientas palabras redondas que caminen con gracia por el alambre.

Si el bloqueo cobra tintes épicos, lo cual es bastante habitual, el sabotaje al que me someto es absoluto. ¿Por qué escribir? ¿Por qué opinar? ¿Qué hago aquí y no en la playa o en la terraza de un bar? Pero, hijo, si ni siquiera paga las facturas. Las respuestas son deprimentes. Sé apenas nada de algunas cosas, y cualquier afirmación me aterra porque toco de oídas y estoy seguro de que, a la vuelta de la esquina, hay un matiz o un dato que se me ha escapado. No tengo suficiente información para comentar las polémicas del momento, y no me interesan. ¿Quién me mandó alejarme de los dibujos, de mancharme de barro y sudar la camiseta, de llevar un pequeño barco a vela?

No quiero cavar ninguna trinchera en la que hacerme fuerte. No busco un cargo, un favor, una palmadita en la espalda. No me gusta que me insulten ni entrar en el cuerpo a cuerpo. No sé cómo son las cosas ni, por tanto, puedo decir cómo son. Odio que suene el teléfono a todas horas. No quiero invitaciones ni regalos. No quiero aparentar ni estar a la altura o en el lugar adecuado. No quiero convertirme en otra persona, ser mezquino, intrigar. No perdería una amistad por una buena historia. No compro información confidencial ni me apetece ser el peón en un juego más grande. No quiero despertarme para ir al aeropuerto ni hacer la maleta, salvo para irme de vacaciones.

El bueno de Joan Tubau retuiteó ayer esta cita de Robert Walser con la que me fui a dormir: «Las fatigas, los groseros esfuerzos que se precisan para alcanzar en este mundo honores y fama no están hechos para mí». En lo que sí soy bueno y tengo una ambición sin límites es en vivir, pero muy poca gente se gana el pan en esa disciplina. Solo me sale escribir de ir en moto o de mi perro o de algo que me ha contado un amigo. Cosas sin importancia porque somos todos iguales y todos tenemos una moto, un perro o un amigo que nos cuenta cosas. El único placer en todo esto llega cuando se acerca el punto final, y regresan los gritos de los niños jugando en la piscina, el sol y la brisa, y la inmensa alegría de levantarme de la silla y volver al mundo.

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