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La hora del abandono

Foto: Carlos Garcia Rawlins | Reuters

Pocos días después de que me instalara en Bogotá, la revista Semana publicó una portada en la que aparecía Hugo Chávez anunciando que estaba enfermo, acompañada de la macabra pregunta de si el cáncer podría lo que no consiguieron sus enemigos. Poco tiempo después, huyendo del tráfico imposible del centro, me mudé a un apartamento en el Norte, zona pudiente, ‘estrato 5’ en la nomenclatura colombiana. Ocurría algo curioso con algunos vecinos: si entraba al ascensor con ropa deslustrada o chándal, no me devolvían el saludo, pero estos mismos vecinos se volvían reverenciales cuando entraba en mangas de camisa o traje. A mi adorable asistenta ni la miraban a la cara, y sólo empezó a subir en ascensor al sexto cuando yo la obligué.

Cuento esto porque ilustra bien hasta qué punto mis años en Colombia comenzaron con una simpatía por contraste hacia todo lo que fuera contra aquel clasismo racista de las élites latinoamericanas. La rebelión contra todo eso era el chavismo, era Venezuela, cuya rivalidad con Colombia había estado cerca de llegar al clímax bélico durante las presidencias de Uribe y Chávez. Paradójicamente, en casa alabábamos a Maduro, entonces ministro de Exteriores, como el apagafuegos de los incendios retóricos de Chávez. El apoyo al proceso bolivariano tenía una razón de ser. Incluso, era digno de alabar que toda aquella humillación real tuviera un cauce relativamente institucionalizado y pacífico. Chávez era el precio mínimo que esa élite despreciable debía pagar. El mal menor.

Comencé a viajar con relativa frecuencia a Venezuela. La terminal del aeropuerto era pintoresca, llena de fotos del comandante y puestos de venta de chándales con los colores patrios. Perdonaba lo sobreactuado a cambio de lo esencial: médicos, maestros. Pero tras la muerte del presidente, lo primero fue ahogando a lo poco que había de lo segundo, hasta hacerlo desaparecer. El chavismo ya sólo existe en su retórica inane y en la nostalgia de unos pocos. Y en la ingenuidad de otros, allá y acá. A los irreductibles los imagino como esas personas –que hemos sido todos alguna vez– que necesitan saber que han quemado todas las naves en una relación para así romper sin preguntarse qué habría pasado si se hubiera aguantado un poco más aquel horror. Hora del abandono.

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