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La humanización de la poesía

"Los libros ahora llegan con mayor fluidez a las gentes llanas, entre las cuales apenas queda ya analfabetismo"

Foto: Dominio público | Web

Corría el año 1925 cuando Ortega sacó a la luz el ensayo La deshumanización del arte. En este texto, el filósofo español reflexiona con su habitual temple sobre un cierto distanciamiento que se había producido entonces entre el arte y el individuo. El carácter elitista de cualquier fuente de conocimiento en una sociedad, la de los años 20, todavía semianalfabeta, había conseguido que la comunidad artística se dirigiese a esas minorías con expresiones cada vez más ininteligibles. Surgen así las vanguardias, los surrealismos y demás estéticas evasivas. En poesía, estos ismos aparecen con no menos fulgor que en el resto de disciplinas. La métrica se enrevesa, el tono se complica, y el poeta tiende más a coger el camino modernista marcado por Darío y Juan Ramón que el que labraron con mano popular Bécquer o Machado. Lo define mejor, como siempre, Ortega: lo humano era incompatible con la estética.

Han pasado 100 años, y todo apunta a que los años 20 del XXI lucirán radicalmente distintos a los del siglo anterior. La poesía se simplifica, y se simplifica y se simplifica. En mi opinión, tiene que ver con un hecho capital: por primera vez en la historia, un puñado de versos pueden suponer un negocio que aporte pingües beneficios desde el punto de vista económico. Vivimos en una sociedad de masas (otra vez un término orteguiano), donde una película de Tarantino, una serie de Netflix, un riff de Brian May o un taconazo de Ronaldo pueden ser vistos por medio globo terráqueo en el momento en que ven la luz. La literatura, aunque con muchas más dificultades, también pretende conquistar parte de esa masa, parte de esos beneficios.

Nótese la diferencia con el siglo anterior. Por poner dos ejemplos: Paz en la guerra, una de las mejores novelas de Unamuno, tiró mil ejemplares en su primera edición, que es de 1898, y ésta no se agotó hasta 1925; Castilla, de Azorín, para mí el mejor libro de cuentos escrito por un español, tardó 12 años en agotar los mil ejemplares de esa primera edición. Dicho de otro modo: los libros ahora llegan con mayor fluidez a las gentes llanas, entre las cuales apenas queda ya analfabetismo. Todo el mundo tiene acceso al arte, más aún con el auge de las redes. Eso sí, ese mundo apenas valora ya la estética formal, la preceptiva poética, las convenciones rítmicas. El resultado, en su media, lo puede ver cualquiera si se asoma al exterior: aforismos facilones, dóciles juegos de palabras, ausencia total de cualquier métrica, secuestro de la rima, etc. Cuanta más gente lo comprenda, más probabilidades habrá de competir con el resto de disciplinas por la hegemonía del ocio y del dinero.

Aunque para extender estos síntomas y emitir un veredicto necesitaría un espacio como mínimo igual de amplio que el que utilizó Ortega para su ensayo y lo cierto es que no dispongo de él, me limitaré a sentenciar que este acercamiento al humano, a lo abrazado por la mayoría, no tiene por qué ser dañino para el verso. La conexión entre el escritor y el lector es el fin primario de la literatura, y como digo hoy ese canal es más amplio que nunca. Ahora bien, corremos el peligro de pasar de la complejidad estética a la desaparición casi total de la misma. Y eso sí pondría en peligro el sentido de la poesía, el género que con más decisión apostó por la belleza.

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