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La Iglesia se inventó el amor romántico

San Agustín, apóstol de Inglaterra y primer arzobispo de Canterbury, le envió una misiva al Papa Gregorio I, llamado “el Grande” por sobrados motivos. En la carta le pedía que le iluminase con la mejor doctrina de la Iglesia sobre nueve cuestiones; cinco de ellas se referían a cuestiones familiares.

En la época de ambos santos, a decir de Jack Goody, los usos familiares “permitían e incluso favorecían las prácticas de, en primer lugar, casarse con parientes cercanos. En segundo lugar, casarse con viudas que sean parientes cercanas (probablemente por herencia, del cual el levirato era su forma más extrema). En tercer lugar, la transferencia de niños por medio de la adopción. Y, finalmente, el concubinato, una forma de unión secundaria”. Esas costumbres facilitaban las uniones en una época en la que las oportunidades de conocer a otras personas eran muy escasas. Gregorio I prohibió las cuatro prácticas. No se pudo basar en las Sagradas Escrituras, pues allí no se recogen esas prohibiciones. Ni en el Derecho Romano. No.

Pero San Gregorio tenía motivos sobrados para hacerlo. Al imponerse sus vetos en la práctica, resultó que “un 40 por ciento de las familias quedarán sin ningún heredero varón inmediato”. ¿Quién saldría reforzada de esta nueva situación de herencias sin destinatarios naturales? La Iglesia, que recibía gran parte de esos bienes huérfanos. Pero las consecuencias sociales de ese cambio en los usos matrimoniales fueron mucho más allá del beneficio de la Iglesia. Para empezar, los usos prohibidos cambiaron el cariz del matrimonio, de una unión obligada por la situación económica, como era en muchas ocasiones, a una unión con una persona buscada. La Iglesia se inventó el amor romántico.

Pasaron más cosas. El nuevo matrimonio, buscado, anhelado, hizo que la edad para contraerlo se retrasase, y que los novios trabajasen más tiempo que antes fuera del mismo. Esto favoreció el control de la natalidad y la paulatina salida de la trampa malthusiana. Y se aceleró el desarrollo de Europa frente a otras sociedades. La Iglesia, por su parte, acumuló gran cantidad de riqueza. Esa concomitancia con la propiedad debió de contribuir a aceptar esta institución, más santa que la propia Iglesia, como un hecho natural y positivo para el hombre.

El mismo cambio social que favoreció el amor romántico hizo lo propio con el capitalismo. ¿Qué forma más adecuada de celebrar ambos que hacer un regalo con motivo de San Valentín?

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