Jordi Amat

La ironía de Manel

A mediados del pasado mes de febrero, a través de sus redes sociales, los Manel empezaron a generar expectativas sobre su nuevo disco y la nueva gira. Primero fueron unos segundos, muy electrónicos, muy breves, muy desconcertantes, de una canción; luego, en cascada, han ido anunciando las fechas de actuaciones veraniegas en festivales que se celebrarán por todo el país (de Empúries a Granada) La semana pasada la dedicaron a la promoción. Pero aquella primera noticia fue una imagen suya tomada por el director de fotografía Arnau Valls. A los cuatro chavales incomprensiblemente normales del grupo, con una actitud que mezclaba lo serio con cierta paz interior, se los veía sentados en un jardín más bien descuidado.

Opinión

La ironía de Manel
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

A mediados del pasado mes de febrero, a través de sus redes sociales, los Manel empezaron a generar expectativas sobre su nuevo disco y la nueva gira. Primero fueron unos segundos, muy electrónicos, muy breves, muy desconcertantes, de una canción; luego, en cascada, han ido anunciando las fechas de actuaciones veraniegas en festivales que se celebrarán por todo el país (de Empúries a Granada) La semana pasada la dedicaron a la promoción. Pero aquella primera noticia fue una imagen suya tomada por el director de fotografía Arnau Valls. A los cuatro chavales incomprensiblemente normales del grupo, con una actitud que mezclaba lo serio con cierta paz interior, se los veía sentados en un jardín más bien descuidado.

Tras ellos destacaba una pequeña capilla campestre construida con madera pintada de blanco. Allí, cerca de Woodstock, grabaron parte de Jo competeixo a finales del 2015. “Qué serios y ante una iglesia”, escribió una de sus seguidores en el muro de la banda, “¿estáis bien?”.

Están muy bien. Lo están, sobre todo, porque en este cuarto disco se escucha una maduración natural del proceso de mutación que iniciaron para ir más allá tras la publicación del clásico Els millors professors europeus en 2008. De su opera prima fascinó un fresquísimo costumbrismo urbano, muy barcelonés (como si a Serrat lo hubiesen pasado por la centrifugadora de Sergi Pàmies), que iba más allá del cromo local porque ponía en marcha formas diversas de ironía inteligente. Desde entonces, más que desecar la fórmula del éxito, han buscado mecanismos para evolucionarla. Pasaron del ukelele a la guitarra eléctrica porque, como hizo en su día el gurú de Minnesota, el cambio de estilo era el paso necesario para poner en riesgo su propuesta artística. No fue necesario que Pete Seeger les cortase el cable con un hacha. Se trataba de ser más modernos, más eléctricos, para que los monólogos dramáticos de sus mejores letras provocasen una conmoción rítmica más intensa. Ese es el desconcierto que provocaban aquellos primeros segundos que dieron a conocer de la canción que da título al disco: tal vez aquella donde la poética del grupo se ha expuesto con más claridad que nunca. Y sin perder ni un solo instante de ironía.

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