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La izquierda putinista contra Ucrania

Hace unos meses viajé a Ucrania. El exjefe de campaña de Trump, Paul Manafort, acababa de dimitir gracias a una investigación ucraniana, y Trump se suponía que no iba a ganar. El conflicto en el este se había recrudecido y parecía que en la frontera con Crimea iba a empezar un conflicto que finalmente no estalló. Hablé con periodistas, intelectuales, activistas, analistas, politólogos sobre cómo es vivir en una democracia corrupta y débil, en mitad de una guerra en el Este que ha provocado más de diez mil muertos y tras perder el territorio soberano de Crimea. Hablé con un activista LGBT de Lviv, en el oeste, que luchaba contra la iglesia greco-católica y la ortodoxa rusa, con la ultraderecha nacionalista ucraniana y la ultraderecha prorrusa. Había organizado el orgullo gay en Kiev y en Odesa.

Hablé con un periodista del Este que tuvo que escapar cuando las fuerzas de ocupación rusas lo pusieron en una lista negra. Conseguía entrar de nuevo a su ciudad natal gracias a que su foto colgada en los checkpoints estaba mal fotocopiada y no se le reconocía. Hablé con un chico que se hizo pasar por traductor de una tele alemana para poder ir al frente. Me dijo que fue porque sentía la necesidad moral de ver qué estaba pasando en la guerra. Hablé con gente harta de las negligencias, el nepotismo y la corrupción del gobierno, y con activistas que salieron a la calle para protestar por la falta de independencia de un recién creado órgano anticorrupción. Hablé con una joven que, después de trabajar Berlín, quería resucitar la escena artística de Kiev.

Hablé, en general, con gente que podría formar parte de una coalición de votantes de izquierda, y que, en cambio, se vio abandonada por una parte de la izquierda europea. Los revolucionarios del Maidán, los más cien muertos en 2014 por los disparos de francotirador de las fuerzas de seguridad de Yanukovych eran simplemente “nazis”. Y lo eran porque se enfrentaban a Rusia. La izquierda que vota junto al Frente Nacional en el Parlamento Europeo es una izquierda, como dice Borja Lasheras, anti-kissingeriana en Latinoamérica y kissingeriana en Rusia y su esfera de influencia. Se convierte en lo que más desprecia: el cinismo estratégico, los derechos humanos selectivos.

Los ucranianos ya no necesitan a la Unión Europa. O al menos ya no la esperan. Tampoco les va ayudar un Trump que ha tenido que echar ya a tres asesores por sus vínculos con Rusia (Paul Manafort, Carter Page, Michael Flynn). Cada generación ucraniana ha tenido su tragedia, y ahora la viven quienes nacieron después de 1991. Están convencidos de que, si consiguen prosperar, será gracias a su propio esfuerzo. Será difícil de olvidar el fracaso de una izquierda que se denomina antiimperialista e internacionalista y que defendió el sueño imperial ruso.

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