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La jornada 14 del juicio

"El libro de David King –un trepidante best-seller de no ficción narrativa traducido por Iñigo F. Lomana para Seix Barral- describe el putsch de Múnich, pero básicamente reconstruye aquel juicio y sus repercusiones"

Foto: Wikipedia

La acción de El juicio de Hitler arranca en una cervecería (“en Baviera no hay política sin cerveza”, escribió el corresponsal Eugeni Xammar en La Veu), pero el espacio nuclear del relato es el tribunal donde al cabo de unas semanas empezó a desarrollarse el juicio contra esos golpistas fracasados en primera instancia. El libro de David King –un trepidante best-seller de no ficción narrativa traducido por Iñigo F. Lomana para Seix Barral- describe el putsch de Múnich, pero básicamente reconstruye aquel juicio y sus repercusiones. El historiador ha leído las transcripciones de las sesiones, las crónicas publicadas en la prensa alemana e internacional o los recuerdos de los protagonistas e incluso ha descubierto nuevos datos. Dispone, pues, de todas las fuentes posibles. Y cosiéndolas convierte a los lectores, por unas horas, en espectadores de los hechos, como si estuviéramos dentro de un documental rodado durante aquellos días de 1923.

Pero lo más interesante del libro, por inquietante, es la reflexión de fondo que King plantea a medida que van sucediéndose las sesiones y el juicio se convierte en un espectáculo informativo: ¿qué consecuencias tuvo el juicio en la imagen pública que Adolf Hitler supo construirse con sus intervenciones? ¿cómo fue percibida la baja calidad de un estado de derecho bávaro que no había logrado afianzar su estabilidad tras el fin de la Primera Guerra Mundial?

Pasaban los días, con sus ritmos y sus tiempos, y parte de la ciudadanía acabó por convencerse de que uno de los objetivos del juez Georg Neithdardt había sido la defensa del poder establecido: evitar que se demostrase la posible complicidad de las autoridades bávaras con aquel golpe frustrado. Porque algo ambiguo, sin duda, había ocurrido aquella noche  en la Bürgerbräukeller.

Allí se celebraba un acto cuyo protagonista, en teoría, debía ser Gustav Ritter von Kahr –nada más y nada menos que el comisionado general del Estado en Baviera-. Pero fue interrumpido por Adolf Hitler, que subió al escenario y con un gran dominio de la escena gritó que la revolución nacional había empezado. Los suyos ocuparon el local y tres de las autoridades presentes o fueron secuestradas o fueron invitadas a mantener una reunión en un altillo para decidir si se sumaban o no al movimiento insurreccional. Dijeron que sí, que marcharían hacía Berlín como Mussolini había marchado hacia Roma. Lo dijeron por convicción o secundaron el golpe forzados por una situación de extrema violencia. En cualquier caso, de vuelta a casa o al despacho, al fin no lo secundaron y se retiraron de la revolución e intentaron pararla.

Pero la duda seguiría. Al no haberse resuelto de manera nítida su conducta, pareció que podría resolverse durante el juicio. Tal vez sería posible fijar su implicación (o no) en el intento de resolución autoritaria de una situación institucionalmente crítica, que tras la sentencia de Neithdardt no dejaría de serlo. Pero en lugar de afrontar sus responsabilidades a lo largo de la jornada 14 del juicio, el testimonio Kahr decidió salirse por la tangente durante el interrogatorio. Ante los silencios y las evasivas del “Bismarck bávaro” –como lo definió uno de los abogados de la defensa-, Hitler reaccionó de manera progresivamente colérica y, a medida que perdía los nervios, creaba una situación ciertamente caótica, de alto voltaje emocional y que reforzaba la popularidad de su personaje jornada tras jornada. Había ganado el relato. La sospecha, sobre los silencios y las incógnitas, rebotó del insurrecto confeso al político que titubeaba para salvarse de la hora de la verdad.

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