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La lengua y las bestias

Foto: ALBERT GEA | Reuters

En casa de mis padres había un ejemplar de un libro que todos mis hermanos, y yo misma, habíamos leído: De cuando las bestias hablaban, de Manuel Folch y Torres. Mi padre era inflexible y, como en La rosa y el anillo de Thackeray, y  en Bolavà de Josep Maria Folch i Torres consideraba que uno no podía hacerse mayor sin haberlos leído. Era un libro delicioso donde lechuzas, osos, elefantes, cervatillos y abejorros hablaban, una colección de fábulas destinadas a la educación de los niños.

Ahora miras a tu país y vuelves a ver hablar a las bestias. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas… Bestias con forma humana que, sin embargo, desprenden odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua.

Están entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de españolidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo de Freud en estas bestias, un pequeño bache en su cadena de ADN. ¡Pobres individuos! Viven en un país del que lo desconocen todo: su cultura, sus tradiciones, su historia. Se pasean impermeables a cualquier evento que represente el hecho español. Les crea urticaria, les rebota todo lo que no sea catalán y en catalán.

Las bestias tienen nombre y apellidos, todos conocemos alguna. Abundan. Viven, mueren y se multiplican. Una de ellas protagonizó el otro día un incidente que no ha llegado a Madrid y merece ser explicado, como un ejemplo extraordinario de la bestialidad de estos seres. Pobres bestias, no pueden hacer más.

Una de las escasas compañías aéreas que vienen aceptando con normalidad el español es Swiss Air. Si han cogido alguno de sus vuelos, habrán comprobado cómo se viene utilizando nuestra lengua a la hora de despegar o aterrizar. Una excepción, ya que con el resto de compañías venimos siendo tratados exactamente como lo que somos, la última colonia en tierras europeas.

Pues bien, hace un par de semanas viajaba en un vuelo de Swiss una de estas bestias. Al llegar al destino, se anunció en español la información previa al aterrizaje. La bestia segregó de su boca agua rabiosa. Un hedor de cloaca salía de su asiento. Se removía, inquieta y desesperada, horrorizada por oír cuatro palabras en español. No tenía escapatoria.

Hay que imaginarse a la bestia, ellas que pueden vivir en un mundo catalán sin ningún problema, escuchando cuatro palabras en una lengua que odia. Indignada, decidió escribir una carta en un periódico alemán de Zúrich, quejándose del trato recibido ya que se “violaban sus derechos” al ser el catalán la “primera lengua oficial de Cataluña”. La queja de la bestia salió publicada a toda página.

Gracias a Dios, los buenos amigos de la Casa de España de Zúrich respondieron y dejaron las cosas claras (Tantas embajadas y consulados y, mira tú, una pequeña Casa de España es quien se ha movilizado gracias a la decencia y dignidad de sus miembros).

Pero ¿por qué hay que movilizarse cada vez? ¿Cuándo acabarán los ataques de las bestias? ¿Cómo podemos, en 2008, aguantar tanta vejación, humillación y tanto desprecio?

*Traducción de El Independiente de un artículo de Quim Torra publicado originalmente en El Mon. Solo he cambiado el género y catalán por español y viceversa (también Madrid por Cataluña). La xenofobia es siempre xenofobia, no importa en qué dirección vaya.

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