Jordi Bernal

La lenta agonía ciudadana

"Ciudadanos se refugia en el abrazo mortífero de un Partido Popular que acabará ganándole la partida"

Opinión

La lenta agonía ciudadana
Foto: NACHO GALLEGO
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

El paso firme de Ciudadanos hacia la derecha se está convirtiendo en la larga agonía de una muerte anunciada mucho antes de la foto fúnebre de Colón. Perdido el norte y el centro, descartada una socialdemocracia en la ni creía Rivera ni mucho menos ese hosco y acrítico sanedrín que denuncia Xavier Pericay, C’s se refugia en el abrazo mortífero de un Partido Popular que acabará ganándole la partida y borrando finalmente sus siglas y su recuerdo.

Una pena de partido si tenemos en cuenta sobre todo que su argumentario fundacional tenía muy buenas intenciones y apareció en la hora necesaria de los intrépidos. Como se demostró, además, servía tanto para Cataluña como para el conjunto de España, aunque pecó de impaciente, torpe, veleta, marrullero y populista. Poco quedaba de su regeneracionismo democrático y de su antinacionalismo sin enseñas cuando pisó las primeras moquetas alucinadas de flashes. A ello se añadió un mal endémico de la política moderna española: no acuden los mejores a su llamada, sino los trepas devocionarios del líder de turno. Paradójicamente, al partido que nacía para cambiar la mediocridad y hediondez moral parlamentarias le faltó tiempo para engrosar sus filas de medianías complacientes y turbios rebotados de otras formaciones políticas.

Poco importan los cambios de nombre, de género y de lugar de origen. El proyecto está finiquitado. Diría que amortizado, pero la verdad es que nunca fue más allá de una ilusión con el convencimiento terco del que se propone desmentir a los cenizos y a los incrédulos. Como le gustaba decir a Iván Tubau, parafraseando al Wayne de Río Rojo de Hawks, “quisimos, pudimos, ¡lo hicimos!”. Se hizo un partido. Nació un partido y echó a andar con aquella desnudez primera y a ritmo de garaje. Observado desde el escepticismo fatal ya se apreciaba que sus andares eran como el de cualquier otro. Uno más.

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