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La libertad en tiempos víricos

"Los juristas nos hacemos trampas al solitario discutiendo si el confinamiento es una limitación o una suspensión del derecho a la libertad de circulación"

Foto: ALVARO BARRIENTOS | AP

Las sociedades occidentales han aceptado con resignación y compromiso cívico el confinamiento impuesto por la peste coronavírica. Ignoro cuánto tiempo podremos seguir sometidos a un régimen de disciplina jurídica y sanitaria que supone, pocas dudas tengo, un experimento social innovador y que llevará al cuestionamiento de los parámetros del Estado constitucional a nada que se extienda la excepcionalidad. No descarto que finalmente terminemos dando la razón al pobre Agamben.

En España el camino seguido para combatir la crisis sanitaria ha sido la declaración de un estado de alarma cuyo éxito dependía de un aparato sancionador bastante alejado de los principios de tipicidad y proporcionalidad. No puede considerarse una conquista democrática que el precio de mantener a los ciudadanos en sus casas haya sido imponer un millón de multas (ya me dirán cómo van a gestionar este disparate las delegaciones del Gobierno).

Los juristas, que somos muy cucos, nos hacemos trampas al solitario discutiendo si el confinamiento es una limitación o una suspensión del derecho a la libertad de circulación. Ese esquema supone situar el problema en un plano de economía técnica y no propiamente político: el encerramiento domiciliario, necesario para combatir una emergencia de salud pública, es un quebrantamiento del principio de libertad reconocido en el art. 1.1 CE. Cuando se neutraliza un principio constitucional, se cancela la dimensión ontológica de los derechos que de él dependen, que no son pocos.

La defensa de la salud pública nos ha obligado, por tanto, a renunciar temporalmente a un modus vivendi que para ser disfrutado exige una libertad que se confunde con el aire que respiramos. Es verdad, los apocalípticos del neoliberalismo y la biopolítica nos habían dicho que éramos esclavos de la dictadura tecnológica, consumista y mercantilista. Para ellos, lo ocurrido con el coronavirus va a beneficio de inventario, así que para qué rebelarse: eso queda para los pijos del barrio de Salamanca.

Hace tiempo, sin embargo, que se está produciendo una mutación en la noción de libertad. Como es bien sabido, el poder, en cuanto fuerza causal regida por fines, se halla presente en toda forma de vida: desde los elefantes a las bacterias. Únicamente el hombre, con su razón y libre albedrío, es capaz de emanciparse de los equilibrios naturales y limitar el poder propio. La economía permitió durante un par de siglos cumplir el aforismo kantiano de que “puedes porque debes”.

Si se confirmara que el coronavirus ha venido para quedarse porque el ser humano ha depredado el espacio natural de otros seres vivos, el aforismo citado cambiará radicalmente: “debes porque puedes”. Con el antropoceno es posible que se supere aquella libertad constitutiva de los modernos que acertaron a vislumbrar Constant, Hegel o Kojève. A partir de ahora, la libertad quizá se asiente en el autocontrol, en el ejercicio de una autonomía republicana que hará de la responsabilidad el eje de las decisiones de los individuos con respecto a su entorno vital.

Las constituciones están plagadas de derechos que tratan de satisfacer no solo reivindicaciones justas, sino también dulces militancias que nunca pensaron en las generaciones futuras (proliferan los blindadores de constituciones y estatutos de autonomía). Mucho me temo que la pasión positivista por enmarcar jurídicamente la felicidad ha terminado: ha llegado, como advirtió Hans Jonas, el tiempo de las obligaciones y los deberes. Nuestro confinamiento quizá solo sea un aperitivo.

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