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La llave y el veraneante

Pues resulta que el PP también tiene su Comité Federal, con sus dirigentes más destacados, sus barones territoriales y sus miembros históricos. Para ser exactos, tiene dos: el Comité Ejecutivo Nacional, con casi un centenar de personas, y la Junta Directiva Nacional, que suma diputados y senadores a los miembros del CEN. Y resulta que también Rajoy tiene por costumbre consultar (al menos, comunicar) las decisiones más relevantes a los órganos de su partido. Incluso resulta que les puede convocar en agosto, un mes en el que antaño los dirigentes políticos sólo estaban localizables en playas tan agradables como Vera o Mojacar.

Es un plan. Si hay un problema político realmente grave del que todo el mundo (políticos y no-políticos) habla, opina y discute, ¿por qué no hablarlo, opinarlo y discutirlo en las direcciones de los partidos políticos que deben tomar la decisión? Porque ya está hablado, opinado, discutido y -sobre todo- decidido, responden los voceros del veraneante entre Vera yMojacar. Pero han pasado muchos meses y han cambiado muchas cosas desde aquella decisión de un Comité Federal de enero. No sólo que 85 es menos que 90, que ya era demasiado poco; ni tampoco que el eventual socio de entonces puede serlo ahora del que ha pasado de 123 a 137; lo peor -y esto lo sabe todo el mundo- es que ensayar la “coalición Frankenstein” acabaría con el partido del veraneante con la primera helada. Pues demos una oportunidad a la democracia deliberativa, también dentro de la dirección de ese partido que tanto presumió de defenderla hace no tanto.

Porque una cosa está clara, y quizá es la única realmente clara: el dueño de la doble llave que abre la puerta a la formación de Gobierno o a la celebración de las terceras elecciones es el veraneante. Es un hombre realmente poderoso. Y tanto poder, tamaña responsabilidad, es más llevadero cuando se comparte. Por eso el principal de sus predecesores le ha animado a optar por el camino de la abstención exigente -ese “acto de responsabilidad”- que ha elegido su otrora socio eventual; el más deliberativo le ha invitado a abrir un debate -un “diálogo interno”- en el Comité Federal; y el último se ha limitado a alertarle contra esa “investidura Frankenstein” que tanto le tienta.

Pero el veraneante tiene un problema que nadie atiende. ¿Qué será de él cuando todo esto pase? ¿Se molestará alguien en fotografiarle bajo una sombrilla en Vera o en aquel chiringuito de Mojacar cuando haya cedido? ¿Le agradecerá alguien que, por fin,deje de pensar en sí mismo y en el poder que le da su llave? Seguramente no. Y mientras tenga en sus manos esa llave de la doble puerta será un hombre poderoso; muy poderoso. La llave es su tesoro. Pero cuando decida usarla, cuando no tenga más remedio que elegir una puerta, ¡como sea!, e introduzca en ella su llave mágica, perderá toda la soberbia fuerza de la que ahora disfruta. Por eso es lógico que no tenga prisa, que quiera apurar los días en los que los paparazzi se afanan en encontrar una instantánea suya en alguna playa. Después tendrá una larga vida por delante para disfrutar del anonimato de todos los veraneantes que nunca conocieron la fuerza de la llave.

 

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