Cristóbal Villalobos

“La Macarena” contra el Califato

En Arabia han detenido a un niño gordito. Se plantó en un paso de peatones, que casi se derretía al sol del desierto, miró a los coches con un valor irónico envidiable, y se puso a bailar “La Macarena” al ritmo que le marcaban los cascos.

Opinión

“La Macarena” contra el Califato
Foto: Manu Fernandez
Cristóbal Villalobos

Cristóbal Villalobos

Profesor, escritor, historiador, columnista, gestor cultural.

En Arabia han detenido a un niño gordito. Se plantó en un paso de peatones, que casi se derretía al sol del desierto, miró a los coches con un valor irónico envidiable, y se puso a bailar “La Macarena” al ritmo que le marcaban los cascos. En la tierra sagrada del Profeta ser un héroe es bailar por Los del Río y la libertad poder tener mal gusto sin acabar en comisaría. Dicen que lo han soltado, no sin antes firmar la confesión de su guasa y sus agallas en el país que más se pasa los derechos humanos por la chilaba.

Porque en Arabia Saudí está prohibida la música y el pobre niño bailarín vive en una Edad Media de coches de lujo y jeques que gastan el petróleo en fútbol aconfesional, con escudos del Madrid con coronas decapitadas y Barças sin San Jorge, y el pobre niño es Guillermo de Ockham frente a los fanáticos que niegan la divinidad de la risa y un baile, un arma de libertad masiva.

Casi a la misma hora, unos tullidos mentales, que parecen malos de dibujitos animados, llaman a llevar la guerra santa a España, a un Al-Ándalus irredento en el que hay que vengar la sangre derramada por la Inquisición. Los del Estado Islámico tienen un problema con los argumentos, así que inspiran sus guiones en sketches de los Monty Python, desperdiciando a “La Macarena” como símbolo de lo que Occidente, monstruo de barbarie, puede hacer con el planeta.

“Al-Ándalus volverá a ser lo que fue”, dice un tirillas barbudo, sin caer en que su propia salvación estaría en invadirnos, pues así les sucedería lo mismo que a las huestes de Tarik y Musa, que se civilizaron al mezclarse con los hispanogodos, que les enseñaron que se puede renunciar a una fe, pero no al vino de las serranías. Juntos hicieron a Córdoba la Atenas de Occidente, preservando la herencia grecolatina en una Europa gris en la que la alegría estaba mal vista y la vida era un valle de lágrimas.

Porque Al-Ándalus, a pesar de los Almorávides, de los Almohades, Dáesh de los siglos once y doce, a pesar de épocas de terror y fanatismo, también fue Maimónides en la Judería y Al-Mutamid, rey poeta, improvisando versos en la orilla del Guadalquivir enamorándose de Rumaikiyya. Pero a éstos les queda muy lejos la poesía y nunca podrán comprender que el niño gordo vale más que el Califato y que, al igual que entonces no pudieron destruir el legado andalusí bajo la barbarie, hoy no podrán borrarnos la sonrisa, que es el verdadero patrimonio de los hombres libres.

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