Antonio García Maldonado

La madre de Obama

«Ella no llegó a verlo de presidente, ya que murió en 1995, pero no hay duda de que Obama jamás lo habría sido sin el concurso tenaz de una madre que –se intuye– tuvo algo de juguete roto de una época»

Opinión

La madre de Obama
Foto: Barack Obama| Facebook
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

La celebración de las elecciones en Estados Unidos, así como las falsas polémicas alentadas por Trump que aún nos ocupan, han vuelto a traernos imágenes de las presidencias de Barack Obama (2008-2012). Al fin y al cabo, Joe Biden fue su vicepresidente, y parte de su equipo anunciado ya formó parte de la Administración del demócrata. Hay quien habla de una tercera presidencia de Obama a través de Biden, aunque acto seguido se recuerde que tras él vino Trump y que el mundo ha cambiado desde entonces –el subtexto es claro: «no sería tan bueno…»–. Obama ha hecho campaña por su antiguo número dos, ha dado mítines restringidos en los que hemos recuperado su oratoria sencilla e hipnótica, e incluso nos ha recordado su magia y su flow con un triple inverosímil al finalizar un acto público. Y encima baila bien. ¿De dónde ha salido? Esa pregunta es la que me viene a la mente cada vez que veo a una persona con tantas aptitudes y tan bien gestionadas.

A dilucidar esta pregunta ayuda la primera parte de sus memorias políticas, Una tierra prometida, publicada recientemente en una edición muy cuidada –desde la traducción entre varios traductores hasta el gramaje y la composición de las páginas– por la editorial Debate. No hay novedades biográficas sustanciales respecto de lo que el propio expresidente ya contó en sus libros anteriores, o en algunas de las muchas entrevistas y documentales sobre su vida en los que ha participado. Pero, al ser un relato retrospectivo de su vida tras dejar la Casa Blanca, sí trasluce mejor el peso que Obama concede a cada momento y cada persona en su periplo hasta el Despacho Oval. Y ahí su madre, Stanley Ann Dunham, brilla con una luz aún más potente de lo que ya lo hacía en los libros previos de su hijo, en los que ya era pieza clave.

Ella no llegó a verlo de presidente, ya que murió en 1995, pero no hay duda de que Obama jamás lo habría sido sin el concurso tenaz de una madre que –se intuye– tuvo algo de juguete roto de una época. Había nacido en 1942 y fue ella la se rebeló contra las trampas en las que parecía ir metiéndose. Consciente de que el colegio al que llevaba a su hijo en Indonesia se limitaba a cumplir el expediente, se levantaba bien temprano junto al pequeño Barack para darle clases particulares antes de irse a trabajar. No hace falta ser padre o madre para ser consciente de la dificultad para mantener tal rutina, ni de la enorme cantidad de excusas y motivos de autocompasión que nos habrían hecho quedarnos en la cama a casi todos.

«El hábito de la lectura se lo debo a mi madre, que me lo inculcó desde muy niño: era a lo que ella recurría cada vez que me quejaba de estar aburrido, o cuando no podía permitirse mandarme al colegio internacional en Indonesia, cuando tenía que acompañarla a su oficina porque no tenía una niñera», escribe Obama. «Lee un libro –me decía-. Y luego ven y cuéntame algo que hayas aprendido». Los que hemos tenido la suerte de criarnos en entornos así, sabemos del tesoro heredado, de cuánto de nuestro bien se debe a ese azar infrecuente y de cuánto mal amortiguamos gracias a él. Pero cuando somos padres o madres, somos conscientes de lo difícil que es transmitirlo. Algo similar al momento en que, ya con hijos en edad de ir al colegio, nos damos cuenta, como quien descubre un viejo engaño y se sorprende, de que nuestros padres no se alegraban como nosotros cuando llegaban las vacaciones. En ese maravilloso disimulo cabe la civilización.

Merece tenerlo en cuenta cuando tan ligeramente se habla de méritos y no de suerte al analizar las vidas ajenas.

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