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La maldición de Nerón

La ciudad chilena de Valparaíso no ha hecho honor a su nombre. Ahora es un infierno. Ha registrado unos de los incendios más contumaces de los últimos años. Por si fuera poco, se ha cebado en las casas humildes.

La ciudad chilena de Valparaíso no ha hecho honor a su nombre. Ahora es un infierno. Ha registrado unos de los incendios más contumaces de los últimos años. Por si fuera poco, se ha cebado en las casas humildes que trepan por los cerros con esforzadas pendientes. Son un combustible fácil. Lo más probable es que ni siquiera cuenten con hidrantes para los bomberos. Al menos la foto bellísima de Iván Alvarado nos señala que el incendio lo combaten los vecinos con cubos de agua. Más o menos como en tiempos de Nerón.

El problema es más amplio y de alcance mundial. El impetuoso proceso de urbanización ha llevado en los llamados “países emergentes” a la proliferación de favelas, barracas, chabolas, como se quieran llamar. Es decir, infraviviendas. Ya no son “barrios bajos” como eran los de las ciudades europeas, sino, al revés, colinas hacinadas de “villas miseria”. A ellas no llegan ni los agentes de la policía ni los del censo de la población. Representan la síntesis de todas las marginaciones. Son la vergüenza de nuestra civilización.

Hay muchos ejercicios de solidaridad internacional. No veo que ninguno de ellos se haya planteado la substitución masiva de lo que los españoles llamamos chabolismo. Puede que esté yo desinformado; en cuyo caso agradecería los datos en contrario. Conozco algunos proyectos interesantes de diseños arquitectónicos para casas humildes. Ignoro si son suficientes y si hay voluntad política para llevarlos adelante.

Hay algo admirable en las favelas de América Latina: la alegría del color. Serán pobres, pero muchas veces se molestan en enjalbegar sus chamizos de atractivos colores. El blanco de la cal ya no es suficiente. Es una lección de elegancia donde menos se espera.

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