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La maldición del tímido

Foto: Annie Theby | Unsplash

Ser uno a solas y otro en compañía: a todos nos pasa. Sentir, cuando cruzamos la soledad, qué lejos nos comportamos de nosotros mismos y cuánta la distancia hasta nuestras verdaderas emociones, aquellas que rumiamos en casa cuando nadie nos mira, en nuestro ecosistema. Vivimos múltiples y rara vez logramos la reunión de esos dos comportamientos. En mi caso, es frecuente que los alumnos, sobre todo quienes llegan a intimar conmigo, acaben afirmando que soy radicalmente distinto al hombre serio y cortante con el que trataron en los primeros encuentros. Y hasta tienes gracia, me dicen.

Siempre ha sido así: se me hace costoso, y hasta frustrante, materializar mis interioridades, volcarlas hacia fuera. Y es que en el caso del tímido este cisma tan humano —el de los dos hombres: el privado y el público— es abismal, mucho más lacerante. El tímido, según Jung, es aquel que se desdobla y actúa en función del agrado general, con el objeto de crear una opinión positiva. Donde quiere decir no dice sí, y viceversa. Ríe cuando no tiene ganas, y con tal de no desagradar mercadea sus opiniones. La noche, la mayoría de las veces, se vuelve una ristra de tenías que haber hecho. Así vivimos los introvertidos, tras una máscara, como encerrados en nuestro propio rostro, anhelando ser descubiertos.

No todo es tragedia, sin embargo. Uno encuentra puentes levadizos, o le son dados. La Providencia, valiéndose del darwinismo, nos entrega la llave con el candado. Una manera de reunirnos con los demás o una sinceridad concreta, hecha a nuestra medida. La escritura, por ejemplo. Si alguien quiere conocerme le digo que me lea. Es así de sencillo: cuando escribo soy más yo. La escritura es la ruta que mis emociones caminan para llegar al prójimo. El modo en que consigo ser el mismo fuera que dentro. De hecho el arte, en gran medida, es la solución de este conflicto. Si bien hay excepciones, los artistas han sido o son incorregibles introvertidos, mujeres y hombres que han padecido esta escisión de un modo extremo. Sólo la enfermedad, el cataclismo y estos dones que uno ha recibido sin merecerlos consiguen coincidir esas dos maneras de estar y ser en el mundo, la doméstica y la oficial, tan distantes a diario, tan antagónicas.

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