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La maleta letal

Foto: ELOY ALONSO | Reuters

Tiempo de viajes, de hacer maletas. De arrastrar maletas. De llenarlas con una parte de nuestro ser. A mí me parece que hacer maletas, escribir un artículo o hacer un boceto son más o menos lo mismo. Por cómo organizan su equipaje, por su maleta rígida o de ruedas, por lo que llevan, por lo que dejan, por sus mochilas o sus maletines, los conoceréis.

El otro día se hacía viral la imagen de un empleado del aeropuerto de Ibiza, que arrojaba maletas con violencia hacia el coche que las lleva a la terminal. Las tiraba con desprecio, las pateaba, las arrastraba. Algunas quedaban en mitad del asfalto, solas, destinadas a perderse, quizá. Mientras miraba espeluznada la imagen, me dije: bueno, esto no ocurrirá con mi maleta porque yo nunca facturo el equipaje. Soy de esas personas que creen que en la vida siempre hay que reducir la ecuación, por largo que sea el viaje, porque incluso la maleta más preciada puede acabar olvidada, algo que a lo largo de la historia ha provocado que se pierdan no pocos tesoros.

Francesc Boix, que tuvo que abandonar en Francia la maleta repleta de negativos los de sus propias fotos de la retaguardia y los de su padre, el sastre que le aficionó a la fotografía. Esta maleta estuvo en poder de uno de los Gendarmes del campo hasta que pasó a un heredero que la puso a la venta. Fue recuperada en subasta para España hace pocos años. Otra maleta de fotógrafo que anduvo perdida, que anduvo muy perdida, fue aquella que llaman la maleta mexicana de Robert Capa, con negativos de la guerra civil y que fue entregada en Paris a un amigo para que la llevase a la embajada de Chile. Acabó en México, en un desván de un gerifalte, más de medio siglo, y el dato curioso es que dentro de esa maleta se halló el negativo de unos refugiados españoles que caminan tras un gendarme en las playas de Francia. Se cree que el primero de la fila es Boix, que carga con la maleta de negativos que perdería tiempo después. Maletas dentro de maletas, pues. Pocas maletas más literarias que la de Irene Nemirovsky, otra pesada carga del pasado, romanticismo libresco de inéditos manuscritos. Maleta de desván, maleta de memoria. Una maleta de la que surgió el manuscrito de Suite Francesa. Durante décadas sus dueñas la tuvieron cerrada como tumba de madre, por el miedo al dolor del holocausto y ahora que la han abierto, nadie la puede cerrar.

Las buenas maletas hablan de sus dueños, de su prisa o su pausa, de lo largo del viaje, o lo arriesgado, de expectativas de amor o destape. Cuentan el mundo y su oficio. Son almas de objetos que pueden contener diez veces su tamaño en amor, destrucción o literatura. Hay maletas del horror, de crímenes nauseabundos, con víctimas de violencia machista -recientemente ha pasado de nuevo-, muertes y cuerpos forzados en maletas que nunca han viajado ni pretenden viajar. Las pesadas maletas de los peores criminales son un género-realidad que hay que desterrar. Hay también una negra maleta, pequeña pero densa, que durante décadas no ha sido utilizada, pero que en sí misma es causa de no pocas películas, pesadillas y temblores. Comenzó a dar tumbos por el mundo en la era Kennedy, con aquello de los misiles cubanos. Es una maleta a la que los americanos, genios absolutos para acrónimos y nombres en clave, llaman “Football” (balón). La cosa viene de que, en tiempos, el nombre clave del plan secreto de defensa nuclear fue “Dropkick”, que es algo así como chutar a gol. Allá donde va Trump, lo acompaña su “balón”. La maleta la acarrea un soldadito bien ataviado para la metáfora. En ella hay instrucciones y códigos de aniquilación. Es la maleta del poder y del día del juicio final.

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