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La mano del pobre

Foto: Luigi Andreola | Flickr

Un Hércules como de Heraclio Fournier, sus columnas fundantes o batientes, unos leones levemente achinados, los colores blanco y verde, algo confiteros, y el lema “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”. Así es el escudo andaluz. Al final son los pobres, los humildes, los que se ofrecen y se desangran por España y por el resto del mundo. Al menos por principio, como intención o como presentación. Esa ingenuidad o esa única vanidad de los pobres, su propia mano de pobre ofrecida como un cazo de tierra.

El escudo de Andalucía lo creó Blas Infante, que se inventó un nacionalismo generoso, universalista y amanerado; fetichista con las esencias, con la historia y con medias lunas lorquianas o morunas. No soy mucho de Blas Infante, que en Andalucía es como otro Cristo pero con banderas y chorritos. Tuvo buenas intenciones, dijo tontadas, se vistió de minarete y se contradijo románticamente. Pero lo que más me interesa de él es que no centró su andalucismo en la tierra, en la sangre, ni en la historia aunque se recreara en ella, sino en una identidad definida por el sufrimiento y la injusticia, y que yo considero una realísima frontera interior del andaluz. Todavía llevamos esa frontera cuando salimos fuera, cuando pisamos el resto de España como un verdadero escalón físico, como si esas montañas de fantasma que se nos aparecían en Despeñaperros (aquel tren expreso nocturno, lento y ciego que nos sacaba como de una Rusia sureña), como si esas montañas de corcho y niebla nos obligaran a no dejar de trepar por ellas nunca en los sueños.

Andalucía fue excluida de la industrialización por los terratenientes, esos señoritos de vino, yegua y renta, de rejón, naipe y querida, que aún siguen aquí siquiera como icono o subconsciente. Ellos ya tenían mano de obra barata, los jornaleros con la gorra hundida en el pecho, con la espalda combada como la sombra de los mismos campos. Ellos ya tenían toda la tierra apalanganada a sus pies. No necesitaban más hollín ni más vapores ni más modernidades. Todavía se nota cómo imperan, no ya la economía, sino los valores de una sociedad agropecuaria, con esa exaltación de la ruralidad, las bestias y los escalafones feudales en cada fiesta y feria.

El franquismo, que situó las industrias en otros lugares y dejó en Andalucía el cortijo, las misas con caballos arrodillados y el turismo de abanico, tampoco nos sacó de ahí. Llegó la democracia y se pidió la autonomía como un gran grito herido, exigiendo la deuda que tenía la historia con nosotros. Ese grito andaluz inspiró luego todo el sistema autonómico, el “café para todos” que a lo mejor nunca es para todos. Se redactó un Estatuto que recogía expresamente los objetivos del pleno empleo, la mejora de la educación, el aprovechamiento de los recursos… Se modificó ese Estatuto en 2006 para guapearlo o entretenernos. Pero la historia parece que no quiere devolvernos algo que nunca tuvimos. En 1980, el paro en Andalucía era del 16,4 %, y decían que aquello era insostenible. El año 2016 terminaba con el 28,25 % de desempleo. El 2017, con el 24,4 %. A ver a qué señoritos culpamos ahora.

Durante casi cuarenta años, Andalucía no ha conocido otro gobierno que el del PSOE. No hay nada comparable en el resto de España a esa casi teocracia ideológica, ni los nacionalismos de la pela o de los glóbulos rojos. Casi cuarenta años dan para que fragüe muy bien un encofrado de otro tiempo, el de un Régimen izquierdón en las formas y discursos, pero donde reconocemos fácilmente al estraperlista avispado, al enchufado del Movimiento, la congestión tranquilizadora de los coros y danzas, la jerarquía inamovible de un poder santificado por la liturgia y la omnipresencia. Susana Díaz, como otros antes, aún dice que Andalucía nunca será una comunidad de segunda, reclama y presume de papeles, nomenclatura, representatividad de la izquierda o del humilde, mientras seguimos en la cola de todos los números y de la espera desesperanzada.

Políticos que insisten en abanderar igualdad, modelo de Estado o de partido, una españolidad merimeiana, cuando no hemos salido de la melancolía de salitre de un pueblo que tiene alegría obligada para comer, en vez de pan. Mantras de un socialismo ocioso y aburguesado; dependencia, sanidad, paguita, limosnitas; adulación y migajas a los pobres a los que se mantiene pobres precisamente para hacerlos hijos amorosos y agradecidos. Y somos tan amorosos y agradecidos que aún parece que no nos hemos dado cuenta de la mentira. Ahora, otro 28-F, celebrarán de nuevo el orgullo fracasado y dirán que esto que vemos es el horizonte ya plantado que nos prometieron. Que nuestro destino está cumplido. Los andaluces también tendremos, en fin, algo de culpa de que todo esto siga así.

Intento también verme desde fuera, ver Andalucía desde fuera, ahora que yo mismo estoy lejos de ella. Dimos y seguimos dando emigrantes tristes y asombrados. Trabajamos y seguimos trabajando con lo que nos dejaron, los restos de tierra y mar y luna cuarteados. Aún nos llaman vagos y juerguistas a pesar de haber levantado cinturones industriales y fosos de barriadas para mantener la distancia orgullosa de muchos ricos. Nuestro acento no se asocia con Juan Ramón Jiménez o Velázquez, sino con chachas, camareros y chistosos de la picha. Sí, Andalucía se sigue sintiendo lejos del resto de España, como una hermanastra bonita en la familia. Esa frontera interior se ha orogenizado en frontera real. Pero da igual. Andalucía, fiel, aún le presta a España el color, la sonrisa, la identidad, la lealtad, el corazón como una manzana de caramelo entregada con esa mano del pobre. O quizá sólo la mano, lo único que tiene.

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