Lorena G. Maldonado

La mejor artista de 2017 es una falangista de 82 años: una carta de amor a Julita Salmerón

Julita Salmerón, niña de la Guerra Civil, yo para ti quiero no quiero el Goya, ¿entiendes?, quiero el puto Oscar en tu mano gruesa y blanda, quiero bustos con tu cara en mi ciudad. El domingo fui al cine a ver ‘Muchos hijos, un mono y un castillo’, el documental en el que tu hijo Gustavo te ha grabado durante 15 años, y me rompiste la cabeza. Quise aplaudirte al final, como los catetos cuando el avión aterriza. No sé cuánto tiempo hacía que no me desarmaba tanto un ser humano: el mercado está reventado, Julita, y de hombres ya ni te cuento. Tú reflotas como el ángel de la transgresión en medio de esta mediocridad. En las últimas semanas vi ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, vi ‘Taxi Driver’, ‘La soga’, ‘Primera plana’ y ‘Breve encuentro’, pero me quedo contigo, como cantan Los Chunguitos.

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La mejor artista de 2017 es una falangista de 82 años: una carta de amor a Julita Salmerón
Foto: Fotograma de 'Muchos hijos, un mono y un castillo'
Lorena G. Maldonado

Lorena G. Maldonado

Abogada y periodista. Cuando quiere excusarse a sí misma, usa una frase de Alvite: "Eres un personaje, nena, y los personajes no merecen un reproche, sino una crítica literaria".

Julita Salmerón, niña de la Guerra Civil, yo para ti quiero no quiero el Goya, ¿entiendes?, quiero el puto Oscar en tu mano gruesa y blanda, quiero bustos con tu cara en mi ciudad. El domingo fui al cine a ver ‘Muchos hijos, un mono y un castillo’, el documental en el que tu hijo Gustavo te ha grabado durante 15 años, y me rompiste la cabeza. Quise aplaudirte al final, como los catetos cuando el avión aterriza. No sé cuánto tiempo hacía que no me desarmaba tanto un ser humano: el mercado está reventado, Julita, y de hombres ya ni te cuento. Tú reflotas como el ángel de la transgresión en medio de esta mediocridad. En las últimas semanas vi ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, vi ‘Taxi Driver’, ‘La soga’, ‘Primera plana’ y ‘Breve encuentro’, pero me quedo contigo, como cantan Los Chunguitos.

Julita, Almodóvar tiene que estar ahora mismo arañándose la cara: tú eres la mujer definitiva, la hembra total. Berlanga rabia -tú renuevas su costumbrismo crítico, la más dantesca España-, y Buñuel se calla cuando tú sueñas con hacer croquetas con la carne de Primo de Rivera, cuando riegas las figuras del belén con la manguera en pleno julio, cuando le echas los dientes de leche de tus hijos al café como si fueran sacarina. Tú eres el surrealismo, Julita, qué le hacemos: tienes 82 años y pocas ganas de impresionar, pero aquí estamos todos descojonados, rendidos a tu poderío, a tus exageraciones poéticas.

Julita, te quiero. I love you. Confiesas que aún eres falangista porque no te has dado de baja, pero qué ibas a hacer en aquella época, con ese rosario de familiares muertos. Julita, te entiendo: tú no sabías bien de qué iba la movida, eras esclava ideológica de tu situación y tu tiempo. Ahora cuentas que eres atea y masona, que a tomar por culo el rey, que te habrías ahorrado mucho dolor si no se hubiese derrocado la Segunda República. Dices que el ser humano tiene que evolucionar, que nos cambian hasta las células. Es mentira: sólo mutan los sabios y los buenos artistas, pero qué pocos lo hacen como tú, a golpe de performance desprejuiciada. Duchamp a tu lado es establishment. Marina Abramovic, una aprendiz de moderna.

Julita, a mí también me gusta mucho comer. Un día me dijeron que eso significa que tenemos la sensualidad desarrollada, mira qué bien. Me fascina que cocines bocatas gigantes de huevo y chorizo y que vuelques el aceite de la sartén en el pan. Es tu homenaje a nosotras, las gordas profesionales. Tú flipas cuando la tostada del desayuno sale quemadita y cruje en la boca; yo flipo contigo, villana del fitness.

Tu Antonio es un santo, Julita. ¿Tú ves, como yo, cuánto te adora? Lloro de risa cuando por la noche sacas tu tenedor desplegable y, desde la cama de al lado, le pinchas en la espalda para ver si está muerto. Tú lloras cuando piensas en que pueda irse de aquí antes que tú; y lloras por no encontrar a veces palabras de amor para él y para tus hijos, para tus nietos. No es tu culpa, corazón: creciste en la España gris del silencio. Te admiro, Julita, porque eres una superviviente pero nunca una víctima. Quisiste ser monja pero te enamoraste, jefa, y ahora, mientras él duerme, miras su foto de joven y dices en voz alta que sientes “lo mismito” que entonces. Ahí vuelvo a llorar yo, y ya no me río, sólo te envidio muy sano.

Julita, tu Diógenes es pura memoria. Qué poderosa en las vacas gordas y en las flacas: me golpea en el pecho tu saber perder. Tienes eso de matriarca tierna pero implacable, de Felicidad Blanc (‘El Desencanto’) sin pájaros oscuros. Los tuyos secundan con diligencia tus filias y tus fobias, te siguen como polluelos hacia Ítaca abrazando tu constante sorpresa, tu loco giro de guion: te han comprado el universo entero, nadie cuestiona tus devaneos. No se me ocurre forma más digna de amar. Embarcarse y ya veremos.

Julita, eres Historia torcida de España. Conoces la guerra, la dictadura, la democracia, la pútrida crisis. Eras de clase media, pero cuando te hiciste rica te compraste el castillo con el que soñabas y allí viviste con tu prole, reina, antes de que la ruina de 2008 te lo quitara. También adoptaste un mono, que resultó ser un hijo de puta: así son los deseos, querida, a veces los consigues y salen rana. Quieres que te vistan de monja en tu funeral y que suene Noche de paz, pero en casette, ¿eh?, que no nos jodan con nuevas tecnologías a última hora. Eres una cachonda, Julita, una punki, un animal mitológico atado muy fuerte a la vida con el cordón umbilical del entusiasmo: te queda poco tiempo, dices, y sólo quieres divertirte, hacer el cafre. Yo te avalo, Salmerón, dime qué necesitas para seguir liándola. Seré tu partner in crime, como dicen los anglófilos, seré tu Sancho Panza.

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