Daniel Capó

La mirada de Telémaco

En nuestro mundo, Edipo se enfrenta a Telémaco. Esta es la tesis central del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, cuyos libros me descubrió hace un tiempo Antonio G. Maldonado. Edipo refleja el odio parricida del hijo hacia su progenitor, de una modernidad enloquecida –diríamos– ante el peso del pasado. "Sus crímenes –explica Recalcati– son los peores de la humanidad: matar al padre y poseer sexualmente a la madre. La sombra de la culpa caerá sobre él y lo empujará al acto extremo de sacarse los ojos". Telémaco, en cambio, es el hijo esperanzado de Ulises; el joven cuya mirada se dirige hacia el horizonte de la definitiva restitución, cuando el padre regrese del mar y de la guerra, y el duelo haya terminado para siempre. En otra orilla del Mediterráneo, un eco lejano de esa justicia resuena en la parábola evangélica del hijo pródigo. Un muchacho –tal vez el propio Edipo– decide marcharse de casa y dilapida su herencia hasta terminar mendigando. Día tras día, desde lo alto de una atalaya, el padre intenta columbrar el retorno de su hijo –la esperanza que alimenta el sentido. En el Evangelio –como en la Odisea– se producirá el reencuentro que sane la herida, pero la modernidad no admite con facilidad esa misma paleta de colores. Como padres y como hijos, la opacidad del destino forma parte del misterio que define nuestras vidas. Nadie es dueño del tiempo ni de sus consecuencias.

Opinión

La mirada de Telémaco
Foto: Ferenc Horvath
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

En nuestro mundo, Edipo se enfrenta a Telémaco. Esta es la tesis central del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, cuyos libros me descubrió hace un tiempo Antonio G. Maldonado. Edipo refleja el odio parricida del hijo hacia su progenitor, de una modernidad enloquecida –diríamos– ante el peso del pasado. «Sus crímenes –explica Recalcati– son los peores de la humanidad: matar al padre y poseer sexualmente a la madre. La sombra de la culpa caerá sobre él y lo empujará al acto extremo de sacarse los ojos». Telémaco, en cambio, es el hijo esperanzado de Ulises; el joven cuya mirada se dirige hacia el horizonte de la definitiva restitución, cuando el padre regrese del mar y de la guerra, y el duelo haya terminado para siempre. En otra orilla del Mediterráneo, un eco lejano de esa justicia resuena en la parábola evangélica del hijo pródigo. Un muchacho –tal vez el propio Edipo– decide marcharse de casa y dilapida su herencia hasta terminar mendigando. Día tras día, desde lo alto de una atalaya, el padre intenta columbrar el retorno de su hijo –la esperanza que alimenta el sentido. En el Evangelio –como en la Odisea– se producirá el reencuentro que sane la herida, pero la modernidad no admite con facilidad esa misma paleta de colores. Como padres y como hijos, la opacidad del destino forma parte del misterio que define nuestras vidas. Nadie es dueño del tiempo ni de sus consecuencias.

Marilynne Robinson, en Home –la segunda novela de su trilogía de Gilead–, se plantea una cuestión inquietante: ¿qué sucede cuando el padre y el hijo desean reencontrarse pero sencillamente no son capaces? El giro característico de nuestra época es la disgregación y cabe pensar con Recalcati que Telémaco hoy ya no debería confiar en el regreso de Ulises, sino solo disponerse a recibir los restos azorados de un naufragio. En efecto, nuestros hijos heredan “la figura de un padre agotado y frágil”. ¿Esa debilidad es acaso la que alimenta el odio de Edipo, al igual que la crueldad de los poderosos se encarniza en los indefensos? La modernidad agrava el peso de las preguntas, mientras arrincona la mordiente distintiva de las respuestas.

Aunque, por supuesto, un abismo separa la mirada de uno y de otro. Los ojos de Edipo permanecen cegados por el odio. Los de Telémaco se abren al realismo de lo posible. Mientras los primeros persiguen la quimera de un maniqueísmo moral que en el fondo desprecia al ser humano, Telémaco alberga algo muy parecido a la nobleza: esa conciencia de que solo haciéndonos dignos del pasado –y no rechazándolo a causa de su pobreza y exigüidad– sostenemos la esperanza. Como hijos debemos reconocernos en esa mirada, que es la que une a distintas generaciones y anuda el pasado con el futuro. Como padres, sospecho que también.

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