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La mirada del alma

Se diría que los ruiseñores han inspirado el canto de las musas de un modo en que no lo han hecho los áridos paisajes lunares. Si la filósofa Simone Weil escribió aquello tan exacto de que la auténtica belleza reside en las flores y las estrellas –esto es, “en lo infinitamente débil o en lo infinitamente lejano”–, George Steiner lamentará que las distintas misiones espaciales del Apolo no hayan merecido un solo verso inmortal. La degradación de la diosa griega Selene  a la mera categoría de satélite nos recuerda que el arte depende del misterio. O, si lo prefieren, se sustancia en una realidad velada por la ficción y por el secreto de las sombras. En sus sermones milaneses del siglo IV, San Ambrosio recomendaba contemplar la Luna no con los ojos del cuerpo sino con la luz penetrante del alma. Pienso que, en este sentido, la mirada del creyente no es muy distinta a la del artista que descifra lo sagrado y lo ignoto.

En un mundo definido por el desencanto, la aventura del espacio nos retrotrae al tiempo de los pioneros. En el siglo XX, John Glenn fue uno de estos hombres: el primer Gagarin estadounidense que orbitó alrededor de la Tierra y preparó el camino para la conquista de la Luna. Sin el canto de los poetas, su épica pertenece ya sólo a la imagen, que refleja las inconmensurables distancias del cosmos. Murió el jueves a los 95 años como uno de los últimos héroes americanos; algo más que una nota a pie de página en la larga historia de la ciencia. Junto a los de Gagarin, sus ojos fueron los que contemplaron por primera vez la delicada corteza de un pequeño planeta azul perdido en los arrabales de la Vía Láctea. Ese planeta, la Tierra, que se empeña –a veces contra toda evidencia– en escribir una gramática de la creación con el soplo de la belleza, el coraje, el amor y la bondad.

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