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La misa trágica de Angélica Liddell

Foto: Parlamento de Cantabria | Flickr

Lo que hizo Angélica Liddell encima del escenario de los Teatros del Canal durante tres noches no tiene nombre. No se puede decir. Se trata más bien de un museo orgánico, de un libro en carne viva, de una mujer que es un trueno y berrea. Lo que Liddell ofrece es una experiencia en su acepción más cruda, más seca: comprobar lo que otros experimentaron, probarlo con ellos.

Agotó las entradas a los pocos días de que salieran a la venta y nos agotó a todos los asistentes durante los primeros minutos de la obra. Era un agotamiento que deviene en relajación cuando unos cánticos barrocos mezclados con gritos perforan nuestros oídos. Mientras tanto, sobre las tablas, sólo sucede una cosa: la belleza.

Pero ‘The Scarlet Letter’ -la nueva pieza de Angélica Liddell y Atra Bilis Teatro- es, ante todo, una herejía tremendista y abismática. Los espectadores reímos a mandíbula batiente escuchando uno de esos monólogos a los que Liddell nos acostumbra: inhumano, impecable, feroz. Uno que aniquila a esas mujeres activistas que “ya no aman a los hombres”. El texto de Hawthorne es la herramienta perfecta que la dramaturga emplea para mostrarnos eso que el arte convoca: asco, temblor, emoción, sorpresa. No hay arte que no sea complejo, afirma Liddell, una artista que no concede entrevistas y que mantiene un hermetismo en torno a su proceso creativo que fascina. Buena muestra de ello es el documental ‘Angélica.Una tragedia’, de Manuel Fernández Valdés.

‘The Scarlet Letter’ puede entenderse como el reverso tenebroso de las luchas feministas que Liddell percibe como cobardes, mojigatas y puritanas. Esta ideología es la que combate la autora, afirmando que “hoy se pretende que la ideología y la ley sean una misma cosa, y se exige al arte que sea ideología, y por tanto que sea la misma cosa que la ley”. Así que Angélica se abre por la espalda para mostrar -como Hester Prynne- esa A cosida. La A de Adúltera. La A de Artista. La A de Angélica.

Hay en la pieza un instante para cada emoción primordial. El horror se presenta a través de ese personaje, trasunto dantesco, con velo rojo acoplado en sus ojos que aúlla implorando un médico que le diagnostique las peores enfermedades. El amor llega cuando suena completa la canción ‘Il mondo de Jimmy Fontana con el escenario vacío. El deseo lo encarnan los ocho hombres desnudos que acompañan a Angélica y que, en un momento dado y ante el estupor de ciertos espectadores, se colocan en fila para ofrecer sus genitales a la actriz que, anhelante, acerca siete de ellos a su boca. El último pene es, naturalmente, lamido por Liddell.

El final de la obra contiene muchos finales juntos, como esa sucesión de telones que caen y por los que Liddell siempre se asoma, abrochando la pieza con una declaración de amor a sus referentes teóricos gracias a la proyección de citas y retratos de Artaud, Foucault, Barthes, Genet, Pasolini, Derrida.

Y, al final, cuando una sale del teatro, llega a casa e intenta conciliar el sueño comprende que eso que ha visto es, en verdad, una misa trágica y doliente; el escenario, entonces, era un patíbulo. Entiende que el arte no persigue crear buenos ciudadanos ni hacernos mejores personas. El arte, en realidad, lo único que constata es eso que otro desarrapado como Prynne nos dijo una vez. Era un niño loco llamado Léolo y decía: “Lo único que le pido a un libro es que me  inspire energía y valor; que me diga que hay más vida que la que puedo abarcar; que me recuerde la urgencia de actuar”.

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