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La muerte burocratizada

Cuando en 1774 se publicó en Leipzig el Werther de Goethe, se desencadenó una oleada de suicidios a lo largo y ancho de Europa. El gran tema de Werther es la intensidad de un amor truncado que anticipa los primeros síntomas del Romanticismo. Como he escrito en alguna ocasión, Goethe traslada el dolor al ámbito estrecho de la subjetividad humana y, por ello, la verdad de las emociones se sentimentaliza, se vuelve problemática. “La naturaleza humana –comentó el propio autor alemán refiriéndose a esta novela– tiene sus límites: puede soportar hasta cierto grado la alegría, las penas y el sufrimiento, pero sucumbe en cuanto sobrepasa esa barrera”. Diríamos que aquí rige una angustia nueva, existencial, desconocida en la Antigüedad; al menos en ese grado. Ante el vacío y la nada, el hombre ya no crea más dioses sino que se entrega a la oscuridad.

Hay una línea fina que enlaza el Werther con la reciente propuesta del gobierno holandés de extender el derecho a la eutanasia a aquellas personas que sientan “cansancio vital”. Aunque también hay una línea que diverge y alerta del final de una determinada concepción de lo que nos define como hombres. Creo recordar que fue Montaigne quien observó que el suicidio forma parte de los grandes privilegios de la libertad humana y del que ni siquiera se puede privar a un esclavo. En un texto clásico, Jean Améry subrayó que nadie puede juzgar a la persona que decide “levantar la mano sobre sí misma” y enfrentarse al veredicto definitivo de la muerte. Lo particular de nuestro tiempo no es el reconocimiento de esta prerrogativa, sino la burocratización del suicidio, su asepsia más o menos frívola. Goethe, Montaigne y Améry sabían que en el límite de la naturaleza humana radica el misterio y que, en ese lugar, gravita el peso –y las circunstancias– de toda una vida. Sin embargo, para el gobierno holandés –y cabe pensar que también para la actual cultura de la muerte– lo que prevalece es el rostro mecánico de la existencia. No hablamos ya de un privilegio último del hombre hacia sí mismo, sino de un derecho cuyo ejercicio depende de la decisión de un funcionario: “una especie de orientador social –leemos en la noticia– con experiencia en el campo de la medicina, que evaluaría la solicitud del suicidio asistido”. Un funcionario, en la soledad de su despacho, convertido en el juez definitivo de la conciencia…

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