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La muerte y el (mal) humor

Decía Jardiel que “el humor posee un poder confortador, y que consiste en dar de lado al mundo para reírse de sus indicios espantables. Supremo ejemplo de esto es aquel gitano a quien llevaban a ahorcar en lunes, y que por el camino iba diciendo: ¡Bien empieza la semana!”  En esta misma dirección Montaigne recoge con indisimulado placer tres historias de condenados a muerte. En la primera, un reo que es conducido al patíbulo, se resiste al entrar en una calle. Al ser preguntado por su actitud, responde que allí vive un tendero con el que tiene contraída una antigua deuda y no quiere caer en sus manos y salir malparado.

En la segunda, un hombre a punto de ser ahorcado, pide agua de un jarro, pero al ver que el verdugo, al pasársela, echa un trago, la rechaza por miedo a contraer la sífilis. En la tercera, un juez le asegura a un condenado a muerte que ya se encuentra en el patíbulo, que si se casa con una determinada mujer presente entre el público, salvará la vida. El condenado la miró y al ver que cojeaba, se negó al trueque.

Eso que llamamos cultura es el esfuerzo de remar contra la muerte. El joven, que se siente inmortal, ríe a carcajadas y, mientras ríe, olvida la fuerza de la corriente. El anciano, que se sabe derrotado, se limita a ironizar. “En el fondo de todo humorismo- resume Jardiel- hay una mezcla de conmiseración y de desprecio”.

“El miedo a la muerte”, sostenía Shostakovich, y él sabía de qué hablaba, “puede ser la más intensa de todas las emociones. Algunas veces pienso que no hay sentimiento más profundo. La ironía yace en el hecho de que, bajo la influencia de ese miedo, las personas creamos poesía, prosa y música, esto es, tratamos de fortalecer nuestras ataduras con lo vivo”.

Un monumento a la ironía –a la ironía cursi, si quieren- es aquella pregunta que Sartre le hizo a Paul Nizan cuando éste regresó de un largo viaje por la URSS, en 1934: “¿Consigue el socialismo que los hombres superen el miedo a la muerte?”

Respecto a la foto, sólo veo en ella desprecio, pero no a la muerte, que sería lo valiente, sino a las lágrimas de los supervivientes. Es la prueba de que la libertad de expresión puede confundirse con la impaciencia de la opinión, así como la libertad de pensamiento puede entenderse como derecho a no pensar.

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