Enrique García-Máiquez

La musa es la muerte

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La musa es la muerte
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Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

Giulio Meotti, periodista de Il Foglio, sólo me escribe para preguntarme cosas de España cuando está muy perplejo. Es raro que un italiano, ¡con lo que son los italianos!, esté perplejo alguna vez por algo; y más si es periodista. Sin embargo, me llamó ayer.

No le cabe en la cabeza que el Gobierno español ande en estos momentos planteándose aprobar una ley de la eutanasia. No le cabe por ninguno de los dos extremos. Ni por la baja natalidad que tiene España, porque supondría despoblar también nuestro país por el otro cabo. Tampoco le cuadra después de la terrible pandemia que se ha cebado con los mayores de edad. Es como si la Parca, en vez de guadaña, usase una maquinilla de afeitar de doble hoja o triple para dejar un apurado perfecto de la mortalidad de ancianos.

Le pregunto a Giulio si sabe que el Gobierno, en medio de esta pandemia, también se dispone a legislar sobre la memoria histórica y, en particular, pretende entrar a saco en un cementerio de la guerra civil, el del Valle de los Caídos, para “resignificarlo”, además de echar a los monjes de la Abadía, y que se va a plantear quitar la cruz más grande del mundo o no. Al tiempo, ni en los peores momentos del confinamiento más estricto de Europa se planteó cerrar las clínicas abortivas. Si uno se fija, hay una clara pulsión de muerte en el Ejecutivo, un instinto mortuorio, una tanatofilia.

Pero Giulio no me pregunta por instintos, sino por las intenciones de la eutanasia. Hay una primera explicación que recoge, aunque de otra forma, el primero de sus guantes. El desierto demográfico hace muy difícil que se pueda sostener el servicio nacional de Salud (ya muy castigado por la pandemia) y crece la tentación de aligerar la demanda de las personas mayores (que son las máximas usuarias) como sea, además de aliviar los gastos de las jubilaciones.

Luego, para ser justos, hay que reconocer una buena intención en el Gobierno. Aunque se dicen socialistas y neocomunistas, piensan y actúan como neoliberales recalcitrantes. Consideran que toda libertad individual es buena con independencia de a qué se aplique y, por tanto, permitir que quien lo desee decida liquidarse les parece un avance social indiscutible. Esto se puede discutir desde la prudencia: las experiencias de otros países demuestran que, al final, no se liquida solamente a quien lo desea, sino que hay una presión directa e indirecta a favor de una eutanasia extendida. Y también habría que enfrentarlo con valentía y verdad: hay libertades que no lo son tanto, porque vienen condicionadas por circunstancias e intereses. Está demostrado, por ejemplo, que si los servicios paliativos son excelentes, el número de voluntarios para la eutanasia cae en picado. Una inversión decidida en medicina contra el dolor y en atención de enfermos terminales es más acorde con la dignidad de las personas y con los deseos verdaderos de los enfermos y los familiares. Sin embargo, aquí interviene de nuevo la vergonzante mentalidad neoliberal del socialista y del comunista. ¿Por qué gastar un dinero sólo por dignidad en personas que ya no son recuperables para el mercado?

Y, finalmente, está, lo siento, el instinto tanatofílico inconsciente, que es la culminación del nihilismo, que es la síntesis del relativismo y el sentimentalismo, que son la ideología oficial de la España contemporánea. Recorre el país una oscura pulsión de muerte, que, en efecto, querido Giulio, no hay quien entienda.

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