Ricardo Calleja

La nación como medio y como fin

Si Kant levantara la cabeza y se paseara hoy por Barcelona (o por Madrid), nos propondría otra formulación de su imperativo categórico: “En política, actúa de tal manera que trates a tu Nación siempre solo como un medio, y nunca como un fin en sí misma”. De este imperativo se siguen algunas implicaciones.

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La nación como medio y como fin
Foto: SUSANA VERA| Reuters

Si Kant levantara la cabeza y se paseara hoy por Barcelona (o por Madrid), nos propondría otra formulación de su imperativo categórico: “En política, actúa de tal manera que trates a tu Nación siempre solo como un medio, y nunca como un fin en sí misma”. De este imperativo se siguen algunas implicaciones.

La primera, que el fin de la política es el individuo, la persona, el ciudadano. Esto puede parecer de un individualismo disolvente. Pero es un principio básico de las sociedades liberales -en el sentido más amplio y más positivo de la expresión-. Las constituciones configuran tres ejes de la justicia política: 1) el de los procedimientos formales; 2) el de la materialidad de los derechos individuales; 3) el de la identidad política. El más importante es el de los derechos individuales, seguido de los procedimientos formales, que son también un modo de convivir. La identidad política es solo un medio al servicio de ese modo de convivir que respete la dignidad de la persona.

Segunda observación: sin embargo, la comunidad es un medio necesario. El imperativo kantiano no significa que la nación, y en general el sentido de comunidad, no sean relevantes en política, o que no tenga su lugar en un discurso razonable. La nación como hecho político es una necesidad lógica, psicológica y sociológica, para nuestras sociedades de individuos libres e iguales. Cosa diversa es qué factores movilizan el hecho político nacional, que no se sigue de ninguna ley general abstracta.

Necesidad lógica, pues sin delimitar ex ante el sujeto político -el censo electoral- el principio de mayorías sencillamente no puede aplicarse. Psicológica, porque sin el relato mítico de la comunidad política nacional, la primacía moral del bien común resulta abstracta e inoperante, y el interés particular anula el impulso generoso por la comunidad. Sociológica, porque sin un mínimo de homogeneidad en el sujeto político, las decisiones de la mayoría solo pueden generar alienación en la minoría, sobre todo si esa situación es inevitable.

Por último, en tercer lugar: el debate que deberíamos tener es para qué queremos a Cataluña (o a España). Lo decisivo es qué modo de convivencia queremos establecer, y cuál es el medio que mejor lo custodia, dadas las afinidades y referencias comunes; pero también las limitaciones de cualquier institución humana y de nuestros debates públicos.

Por el lado español, es necesario expresar por qué es deseable. Esto reforzaría la función psicológica y sociológica de la apelación a la soberanía nacional, más allá de la lógica kelseniana de nuestras normas jurídicas. Por el lado independentista, explicitar el modelo de convivencia que se desea, permitiría cribar el grano de la paja: que quienes quieren una sociedad abierta a la europea se sorprendieran compartiendo cama con un movimiento anti-capitalista. Y para ambas partes, sería ocasión de abrirse al diálogo y la negociación – con una sana tolerancia a la frustración- como medios seguramente más eficaces para lograr en lo posible esos honrosos fines de una sociedad abierta, próspera y justa.

Kant pensaba que un Estado constituido conforme a la razón -un Estado de Derecho- sería justo, incluso con una nación de demonios. Seguramente quería decirlo a sensu contrario: un Estado que no fuera conforme a la razón, generaría una nación de demonios.

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