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La Navidad como guerra cultural

Foto: Wesley Tingley | Unsplash

Christopher Hitchens, gruñón-in chief del liberalismo, decía que la Navidad es lo más cercano a vivir en la “atmósfera de un Estado de partido único”. “Como en las repúblicas bananeras, lo terrible y siniestro es que la propaganda oficial es ineludible. Vas a una estación de tren o un aeropuerto, y la imagen y la música del Querido Líder están por todas partes. Vas a un lugar más íntimo, como una consulta médica o un restaurante, y vuelven las melodías metálicas, ululantes, enloquecedoras y repetitivas.” Quizá exagera, pero tiene un punto de razón cuando critica la generosidad forzada. Hay una ilusión de unanimidad que convierte al crítico en disidente o misántropo. Como muchas fiestas, se defiende más por la tradición que por el contenido. Sin embargo, es una guerra cultural que le encanta a la derecha: desde la “guerra contra la Navidad” a los aspavientos contra los Reyes de Carmena, la derecha disfruta protegiendo una falsa pureza de la Navidad, como si el abeto y el Papá Noel vinieran del huerto de Getsemaní. Los niños que hoy saludan a Pocoyó en la cabalgata de Reyes lo reivindicarán dentro de 50 años como la tradición.

La Navidad es una fiesta kitsch, sentimental y excesiva. Pero es posible escapar de ella. Solo hay que comprar los regalos por Amazon, evitar las zonas céntricas de las ciudades, no ver la tele y aprovisionarse de polvorones y dulces, quizá lo mejor de las fiestas, cuando empiezan a llegar a los supermercados a finales de noviembre. En lo que respecta a las reuniones familiares poco se puede hacer: quizá lo más sensato es dejar que los demás hablen de Cataluña y Puigdemont y dedicarse a comer langostinos. 

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