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La Navidad del superhombre

Foto: Toni Cuenca | Unsplash

“Temo que no nos libraremos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática”, lamentaba Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos. Sus temores se confirman: estás leyendo. Seguimos usando la gramática –aunque de modo tan tosco y politizado en ocasiones- y por eso no conseguimos matar del todo a Dios, que además renace –culturalmente hablando- cada Navidad, que estás a punto de celebrar.

Algunos se empeñan en felicitar las fiestas de modo laico y hasta hortera, mientras siguen deseándote lo mejor para el 2019: dos mil diecinueve años del nacimiento de Jesucristo. Zasca.

Esta encerrona del mes de diciembre nos incomoda, porque seguimos imaginando que Dios es un competidor frente a nuestra libertad, y la religión un juego de suma cero. Quizá pensamos así porque no nos hemos atrevido a mirar con detenimiento los belenes mientras los retiramos de los espacios públicos:

Allí descubrimos a un Dios vulnerable, a quien podemos convertir en emigrante ilegal si molesta, como hizo Herodes; o matar al fin, como logró el Sanedrín de manos del poder romano. Aunque luego resucita. Si escuchamos, los villancicos —que son más de pastores que de ángeles— cantan a la inocencia de un Niño, a la marginalidad de un carpintero de linaje destronado y la humildad de una esclava (handmaid, en inglés) del Señor.

Solo hay una escapatoria: consumar la muerte de Dios. Es lo que estuvo a punto de hacer el Gran Inquisidor, según relata Iván Karamazov en la novela de Dostoievski. Todavía hoy la inquisición postmoderna aborrece del drama de la libertad y de la fragilidad del amor. A cambio, nos promete pan sin gluten y wellness para la conciencia. Pero –como el cardenal sevillano de la novela rusa- tampoco nosotros acabamos de ejecutar la condena final al Galileo: nos quedamos desconcertados cuando Jesús nos besa en los labios, y dejamos que se aleje sin entregarlo a la hoguera.

Mientras se siga celebrando la Navidad, seguiremos hablando de este Dios que nos da la inusitada libertad de ignorar sus mandatos, porque lo que quiere es que le amemos. Mientras sigamos contando los años desde aquel evento de Palestina, no alcanzaremos la tierra prometida del laicismo.

Pero quizá llegue el día en que dejemos de celebrar la Navidad. Pero no nos confundamos: no la sustituiremos con una fiesta de la Humanidad. Ese día será el alumbramiento del super-hombre. Y éste no cederá a la tentación de amar y ser amado. Habrá aprendido la lección.

Demasiado tarde preguntaremos, como le preguntaron a Zaratustra: muerto Dios, “¿cómo se conserva el hombre?” A lo que Zaratustra responderá: “¿cómo se supera el hombre? El superhombre es lo que yo amo; él es para mí lo primero y lo único, -y no el hombre: no el prójimo, no el más pobre, no el que más sufre, no el mejor. Oh hermanos míos, lo que yo puedo amar en el hombre es que es un tránsito y un ocaso”. El que precede a la Navidad del super-hombre.

Así que sugiero que este año también nos dejemos besar por el Niño y cantemos villancicos. Dejemos la muerte del Rey de los Judíos para más adelante: cuando la ciencia nos otorgue la inmortalidad a todos por igual, porque se pueda comprar en El Corté Inglés a precios razonables.

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