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La ordalía nuestra de cada día

"En la era de las redes y la globalización acelerada hemos reinventado la ordalía, ese mecanismo ritualizado medieval en el que se buscaba el respaldo divino a la hora de ser juzgado"

Foto: Chris Pizzello | Invision/AP

Woody Allen no tiene quien le edite sus memorias. Según hemos sabido, hasta cuatro editoriales han rechazado el manuscrito. Estas negativas se suman a la decisión que tomó Amazon de no estrenar la última película del cineasta de Brooklyn en su plataforma de vídeo. La reputación de Allen está por los suelos y, a sus ochenta y tres años, parece improbable que pueda levantar cabeza. Poco importa que la acusación de haber abusado de su hija adoptiva, hecha durante el turbulento proceso de separación que le enfrentó con Mia Farrow, no haya podido ser demostrada. El público ha dictado sentencia. Y los empresarios, siempre temerosos del poder del mercado, no se atreven a apostar por quien ya ha sido marcado con el moderno sambenito de la vergüenza. Allen es un valor tóxico pese a la enorme cantidad de fieles que aún mantiene. Se puede jugar con muchas cosas, menos con el dinero.

En la era de las redes y la globalización acelerada hemos reinventado la ordalía, ese mecanismo ritualizado medieval en el que se buscaba el respaldo divino a la hora de ser juzgado. Por ejemplo, el acusado debía poner su mano en el fuego o meter alguna de sus extremidades en agua hirviendo para demostrar su inocencia. Si las heridas sanaban es que era inocente. Si no, pagaba por su inequívoca culpabilidad. Hoy la opinión pública es juez y parte en este tipo de juicios. Las ordalías nuestras de cada día favorecen incriminaciones basadas en una sensibilidad postiza y en un moralismo extremo. Incluso es una herramienta mucho más perversa, ya que no hay escapatoria posible. Allen no será ni el primero ni, por desgracia, el último. El inculpado siempre es culpable.

El miedo siempre está azuzado por la ira y necesita de los suficientes chivos expiatorios para sobrevivir. Como otras tantas cruzadas que hemos llegado a conocer, está encabezada por envenenadores inflamados a los que les preocupa demasiado poco la verdad o las pruebas sobre las que se sustentan las más graves imputaciones. Como recordaba el Secretario de Prensa de Lyndon B. Johnson al hablar de Joseph McCarthy, el célebre instigador de la “caza de brujas” contra los comunistas en los Estados Unidos de los cincuenta: “Joe no sabría encontrar un comunista en la plaza Roja; era incapaz de distinguir a Karl Marx de Groucho Marx”. Los nuevos cazadores son incapaces de discernir sobre sus acciones. Se trata del eterno retorno de la infamia inquisitorial: el acusado jamás será inocente. Y esta estrategia se beneficia de la timorata conformidad de aquellos que no quieren ser señalados como discrepantes. Lo que unos y otros parecen haber olvidado es que, en cualquier momento, el péndulo incriminatorio puede girar sobre ellos mismos con toda la crudeza.

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