Jaime G. Mora

La pandemia del españolito

«El españolito podrá vivir con el agua al cuello, podrá vivir con sueldos de miseria y tolerará alquileres desbocados, podrá quedarse sin trabajo, pero nadie le quitará su caña diaria»

Opinión

La pandemia del españolito
Foto: EMILIO MORENATTI| AP
Jaime G. Mora

Jaime G. Mora

Periodista. Política y libros en ABC. Lee periódicos en papel porque le gusta mancharse las manos de tinta.

La terraza de la casa de verano se abre a la plaza grande del pueblo. Con una media de entre cinco y diez grados menos de temperatura que en Madrid, es el mejor refugio contra los rigores de la capital. Allí queda el ultramarinos de la Trini, que sigue vendiendo pan, fruta y todo lo necesario para ir tirando, incluso sigue vendiendo el periódico del día. Un poco más allá queda la carnicería más codiciada de la comarca. Los pueblos de alrededor se conectan con carreteras a las que se lanzan los ciclistas para bajar las comidas de los fogones abulenses y el aire de la sierra purifica los pulmones.

No es el chiringuito desde el que Ruano purgaba su alcoholismo sin dejar de escribir su columna diaria, es una guarida aún más disfrutable: aquí sí se percibe el alma del españolito. A las puertas de sus casas se asoman quienes fueron niños durante la guerra y ahora regresan cada verano con sus hijos, nietos y bisnietos. Los hijos, las hijas, ya abuelos, abroncan a sus viejos por querer hacer más de lo que pueden y los treintañeros que antes apuraban las madrugadas disfrutando de su libertad estival ahora sofocan los llantos de sus bebés entre sus brazos.

Si los abuelos aún visten con faldas largas o camisas de cuadros, ellos se esfuerzan por mostrar su colección de tatuajes. Si los mayores conservan enmarcadas en blanco y negro las pocas fotos que se hicieron de jóvenes, en todas con el rostro serio, ellos se hacen una foto tras otra con el deseo de salir guapos en alguna. Como si realmente lo fueran, como si sus miradas al infinito les hicieran interesantes, como si tuvieran en la cabeza algo más que pájaros. Más pronto que tarde tendremos una generación de viejos con tatuajes arrugados que recordarán su juventud asomándose a su colección de selfies con morritos.

Es un verano extraño en el pueblo. Es la semana de fiestas y no hay en la plaza escenarios ni altavoces atronando con los grandes éxitos del todo a cien, y sí reuniones en las que grupos de padres abroncan a los adolescentes por negarse a respetar las prevenciones obligadas por el coronavirus. En el verano de la pandemia el bar sí ha abierto sus puertas. Otros años no ha resultado rentable, en esa España que se vacía irremediablemente, pero estos meses sí ocupa por entero las mesas. El españolito podrá vivir con el agua al cuello, podrá vivir con sueldos de miseria y tolerará alquileres desbocados, podrá quedarse sin trabajo, pero nadie le quitará su caña diaria.

Las mascarillas-coderas marcan tendencia en el bar, en plena competencia con las mascarillas-babero, mientras en la televisión informan del alarmante incremento de casos. Anteayer mil contagios diarios, ayer dos mil, hoy tres mil. Marchando una de bravas. Las muertes por coronavirus se multiplican por once en un mes. Simón pide ayuda a los influencers. Ya no hay aplausos en los balcones y algunos iluminados se manifiestan contra las mascarillas. Los periodistas ya no preguntan si la pandemia nos hará mejores. Tito, ponme otra. Madrid recomienda no salir a la calle en las zonas más afectadas por el virus. Mañana lo prohibirán.

Y la culpa, cuando el españolito quiera volver al trabajo y no le dejen salir de casa, será de los políticos.

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