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La paradoja del comediante

En un audio de la Fundación Juan March (¡ese elitismo gratis!), el poeta Guillermo Carnero menciona ‘La paradoja del comediante’ de Diderot. Lo escuché por casualidad el día en que el exlíder socialista Pedro Sánchez anunció que entregaba su acta de diputado y, en la comparecencia, agachó la cabeza y soltó unos sollozos.

Diderot, según Carnero, defiende el arte del actor: el artificio mediante el que, sin estar emocionado él mismo, logra emocionar. Y dice que, por el contrario, “si para representar a un personaje que sufre, se hace subir a escena a una persona sin formación y que esté sufriendo realmente, cuando intente expresar ese sufrimiento, solo hará reír al público”. Sánchez siempre ha sonado a falso y ese día sonó más falso que nunca. Si sus emociones eran verdaderas, fue un mal actor de sus emociones. Tampoco llegamos a reírnos (ni para el drama ni para la comedia está dotado), pero sus lagrimitas no nos conmovieron.

Al día siguiente lo entrevistó Jordi Évole en La Sexta y, sin cuajar una buena actuación, pareció que al fin transmitía algo. Para mal. Mi amiga Isabel Cabrera, gran lectora de los signos televisivos, observó: “El único día en que pareció natural ‘quitándose’ el pinganillo que siempre parecía tener, resultó creíblemente increíble”. En el PSOE se lo cargaron brutamente, y lo que le soltó a Évole eran excelentísimas razones (a posteriori) para que se lo cargaran. El hombre se había destapado de pronto como en un viaje en el tiempo: a antes de Suresnes, a la recuperación del marxismo. Al PSOE de Largo Caballero.

La biografía de Sánchez acaso podría resumirse así: los desesperados intentos de un vendedor de enciclopedias por entrar en las enciclopedias. Su paradoja es que, para ser tan mal actor, se ha convertido en un personaje profundamente trágico.

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