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La posibilidad de un nacionalismo español

Foto: Santiago Abascal | Twitter

Vox quiere escribir su apunte en la historia del fin del bipartidismo, y el gentío de Vistalegre más los apuntes de las encuestas le otorgan cierta esperanza de conseguirlo. Como no nos asusta que Pablo Iglesias, un hombre que alcanzaba el éxtasis hablando de Hugo Chávez y Maduro, concite cinco millones de votos, y el mercado de la atención del público exige despertar riadas de emociones, hemos aprendido a temer a Vox; a Ultravox, como el grupo de glam rock británico.

El partido liderado por Santiago Abascal tiene dos polos de atracción del voto. Uno de ellos es la amenaza secesionista catalana. Han adoptado la posición más dura que permite la ley, e incluso la que está fuera de ella: prevén expulsar a los españoles de su propio país si realizan actividades políticas con fines ilícitos, si antes de adquirir la nacionalidad han tenido otra.

Tratar a quienes han elegido hacerse españoles como ciudadanos de segunda es un dislate, pero parece congruente con las propuestas en materia de inmigración. Vox señala a los inmigrantes, y no sólo los que están en situación ilegal, como si fueran uno de los problemas de nuestro país. Abascal tiene la ventaja de que no necesita analizar la realidad para conocer los problemas de España. En una reciente entrevista reconoció que no conocía cuál es la incidencia en España de inmigración ilegal. Pero se vio con autoridad suficiente como para rechazar el dato, en cuanto se lo ofrecieron. Lo hizo desde su autoridad científica; de ciencia infusa, claro. Pero no le debió de parecerle suficiente, y añadió que el motivo de que fueran falsos es que estaban siendo manipulados por George Soros, el Goldstein de la derecha española.

Quieren eliminar las Comunidades Autónomas, pero para ello necesitan una reforma de la Constitución. Algo que con dos diputados que como máximo le dan las encuestas es como si Pedro Sánchez quisiera ser presidente del Gobierno con 84 diputados, o peor. Han prometido grandes rebajas de impuestos, pero el verdadero impuesto es el gasto. Y aquí esconden la mano. Sí, quieren rebajar lo que llaman “gasto político”, pero si quieren mermar el gasto público tienen que recortar el gasto social y privatizar los servicios públicos. Y por ahí no pasan; ni ellos ni PP o Ciudadanos.

Con Vox surge la posibilidad de un nacionalismo español que, quizás por el desuso, abrazan sólo a medias. Sus 100 propuestas están a medio cocer, y lo único que muestran es una malsana desconfianza de los extranjeros, y en el mejor de los casos una redacción apresurada e irreflexiva. Es un grito, pero no un discurso. Una apelación al sentimiento, que no a la razón. No es lo único que le acerca a la izquierda. Se ha convertido en un partido identitario y colectivista, como lo peor de la izquierda española, y acaba proponiendo las mismas políticas, pero con sujetos distintos. Quiere una discriminación positiva hacia los españoles; los de primera, cabe pensar.

Busca reforzar la nación española frente a la amenaza interior, pero no llega a despeñarse contra Bruselas. Mira con envidia a quienes enarbolan el discurso contra el “globalismo”, sea lo que ello fuere, pero no da el paso de proponer a los españoles la recuperación melancólica del poderío del Estado-nación. Quizás porque sepan que España necesita del apoyo de la Unión Europea, porque los españoles somos capaces de dejar que nuestro país se quiebre. Esperemos que ello no ocurra, pero para lograrlo lo que necesitamos no es más nacionalismo, sino menos.

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