Jorge Freire

La primavera del descontento

«Al fin y al cabo, más fácil es llamar fachas a los votantes que mejorar su calidad de vida»

Opinión

La primavera del descontento
Foto: Wikimedia Commons

Uno de los lemas del 15-M era «no nos representan». ¿Hasta qué punto los nuevos partidos representaron las aspiraciones del movimiento? En cuanto la nueva política demostró ser pródiga en nepotismo, chapucerías y arrebatos cesaristas, al asambleario estándar se le puso cara de Benito Cereno. Aunque todos creían que el capitán guiaba el barco, en realidad no era más que un rehén. Sirva la comparación, ahora que Luz de Agosto publica la novela de Melville con una espléndida traducción de Rafael G. Maldonado. Sobra decir que, a excepción de unos cuantos penenes, la mayoría de los jóvenes que participaron en la movilización siguieron sin tener futuro, aunque ahora peinen canas.

Innumerables son las lecciones que se extraen del hundimiento de Podemos, pero la principal sería esta: no se trata de ajustar cuentas con el pasado, sino de ofrecer un futuro mejor. Enarbolar el antifascismo a posteriori es como plantar cara a un enemigo arqueológico; un antifascismo de toda comodidad, por decirlo con Pasolini, que escamotea las cuestiones materiales y evita combatir las injusticias del capitalismo. Al fin y al cabo, más fácil es llamar fachas a los votantes que mejorar su calidad de vida.

De igual modo, atizar la conciencia de clase del precariado con la vista en los años 30 es como buscar al obrero pintoresco, cuidadosamente disfrazado de obrero, que el universitario engagé avizora en el andamio desde el taxi; porque esta clase atomizada, criada a los pechos del individualismo anglosajón, ha echado los dientes en la Erasmus, habla doce idiomas y no se identifica con el menestral de siempre. Volver la mirada al pasado trae alguna ventaja (a toro pasado, todos somos Manolete) y no pocos perjuicios. El pájaro de Borges, que volaba hacia atrás, habría fracasado en política.

Diez años después, ¿qué ha quedado del 15-M? Aparentemente, el caudal de fuerzas subterráneas que entonces canalizaba el ágora -la indignación- abastece hoy de combustible a la estoa de la reacción. Quienes se erigieron en voz del pueblo buscaban romper las costuras del 78, pero el reventón estalló por el otro lado. ¿Eso es todo? Puede que los mejores frutos de esa shakesperiana primavera del descontento broten de forma tardía. Yerran quienes la denuestan; también, quienes la sacralizan. Los más nostálgicos, amigos inseparables de la derrota, suelen ser incapaces de separar el grano de la paja. Pero aún queda mucha mies por trillar.

Efemérides… Se cumplen hoy 250 años del nacimiento de Robert Owen (1771-1858), único pecio del viejo socialismo utópico que sigue manteniéndose a flote. Si New Lanark era un producto genuino de la Revolución Industrial, Owen era un producto genuino de sí mismo. Inaudito fue que un conspicuo self made man erigiese escuelas, elevase salarios y crease cooperativas. Al fin y al cabo, ni Fourier holló una fábrica con sus piececitos de burgués -de ahí lo descabellado de sus teorías-, ni Engels, a despecho de sus pujantes negocios en el sector textil, fue capaz de sacudirse su temple libresco. Puede que Owen fuese intelectualmente ramplón, pero tenía olfato de perro perdiguero. Escribió que una sociedad no puede mantenerse sana con medicamentos, cosa de la que hoy, cuando abundan los fármacos y escasea todo lo demás, sabemos algo.

Curioso es que, si el bueno de Owen propuso hace dos siglos la jornada de ocho horas, los únicos supervivientes del 15-M propongan ahora la de cuatro días. Es como reconocer que solo cuando el utopismo se encuentra con el reformismo prevalece el sentido común. Acaso esté finalmente en sazón lo que hasta ahora solo estaba en agraz. Hay cosas, ya se sabe, que tardan en madurar.

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