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La princesa Leonor y la corte tuitera

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

La difusa línea entre lo público y lo privado se consolida una vez más como el probable gran mal de nuestro debate público. Para relatar la anécdota semanal que lo evidencia, decido recurrir a la prensa que tiene a bien explicarla:

‘El gusto de la princesa Leonor por Kurosawa desata las bromas en redes sociales’

‘La afición de la princesa Leonor por Akira Kurosawa incendia Twitter’

‘La princesa Leonor, reina de memes por su afición al cine de Kurosawa’.

Echo de menos, no sin cierta desazón, el sujeto apropiado. La ristra de burlas y comentarios peyorativos que en las redes sociales proliferaban tranquilamente tienen autores y les daremos la categoría gramatical que les corresponde bajo el sintagma ‘la corte tuitera’. De lo contrario, uno está empujado a asumir que si la princesa Leonor disfrutara con los metrajes de Kiarostami, la corte tuitera se habría ahorrado sus ocurrencias, hipótesis de cuya certeza permito reservarme algunas dudas.

Tampoco tengo claro que las críticas a la princesa hubiesen sido menores si, un poner, Leonor se hubiese declarado consumidora habitual de telebasura. Pero que el respeto y la admiración al buen cine conlleven, como suponía alguna prensa, la carcajada y la mofa del público, resulta inquietante. Sobre todo cuando uno recurre a la comparación, siempre hiriente a la par que reveladora.

Pocas horas después de tener noticia del asunto, circulaba un vídeo de un reconocido canal de noticias en el que se mostraban unas entrañables imágenes de una niña de 6 años que había resultado campeona en un concurso de deletrear, en el que competía con alumnos que le doblaban la edad. La reacción al vídeo: elogios, emoticonos de admiración y mensajes de felicitación a la menor.

Dudo que resulte aventurado sentenciar que la corte tuitera –sujeto múltiple, que no plural- escribió lo que escribió por animadversión a lo que representa Leonor olvidando lo que es Leonor: una niña de 12 años. De ahí que el mal que tanto pervierte el debate público pueda traducirse también como el no saber dónde se está ni desde dónde se habla, si es que no se tiene claro que el espacio en el que debe debatirse sobre la monarquía como mejor o peor forma de gobierno no es el GIF animado más gracioso de una menor de edad.

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