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La puñetera felicidad

Es una prueba más de que un matemático, un médico, un ingeniero, un abogado, un analista de mercados o un administrador de fincas pueden ser las personas más brillantes en su campo, y al mismo tiempo, ser unos auténticos imbéciles.

Al parecer, hay algún capullo por el mundo que ha diseñado una aplicación que muestra los niveles de felicidad del usuario según sus expectativas y por medio de una fórmula matemática. Esta es una prueba más de que un matemático, un médico, un ingeniero, un abogado, un analista de mercados o un administrador de fincas pueden ser las personas más brillantes en su campo, y al mismo tiempo, ser unos auténticos imbéciles cuando sus actividades o cogitaciones desbordan su área de especialización y dan el salto a otras zonas más borrosas de la realidad.

Einstein es un buen ejemplo. Convertido hoy día en modelo de sabiduría absoluta para los más diferentes profesionales del mundo actual, jóvenes y viejos por igual, era –nadie lo discute– un genio de la astrofísica, pero cuando daba el salto a otras materias, como por ejemplo la política, hacía el ridículo más espantoso, como hubo de recordarle Ortega y Gasset en tiempos de la Guerra Civil Española.

Ahora vienen unos matemáticos y se proponen encontrar una fórmula matemática para determinar el grado de felicidad de una persona. Es decir, quieren aplicar categorías matemáticas a una idea eminentemente filosófica; idea oscura y confusa que analizó de brillantemente Gustavo Bueno en “El mito de la felicidad”.

La felicidad es una idea contradictoria, que tiene múltiples acepciones y que ha ido variando a lo largo de la historia, incluso convirtiéndose en contenido de constituciones políticas, pero cuyo avatar actual es el de la “felicidad canalla”, el de la aspiración de la clase media a un ideal universal que anhela la vida del terrateniente romano, que tiene tierras, rebaños y esclavos. “La felicidad –como decía Goethe– es de plebeyos.” Y de vacas que rumian la yerba.

Y a esto se le quiere aplicar una fórmula matemática. Hay que ser capullo.

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