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La quinta columna

"Como reconoció el hijo de Hemingway, Patrick, ‘La quinta columna’ no es precisamente un ‘Ricardo III"

Foto: AP | AP

Ernest Hemingway escribió su primera y única obra teatral entre bombardeo y bombardeo en su habitación del Hotel Florida, en la Gran Vía madrileña. Era el año 1937 y, cuando tenía que salir a cubrir la guerra –los enfrentamientos muchas veces se mantenían a unos pocos metros del hotel–, enrollaba el manuscrito y lo guardaba debajo del colchón para asegurarse de que seguiría allí a su regreso. No obstante, Hemingway nunca vio su creación representada sobre las tablas. A ‘La quinta columna’, así se llama la obra, le sucedieron todo tipo de contratiempos que retrasaron su estreno setenta años. Al parecer, el primer productor que se hizo con los derechos murió al poco tiempo, otros no consiguieron el dinero suficiente… Fue la compañía neoyorquina Mint, especializada en recuperar obras olvidadas, quien finalmente dio vida a la obra en 2008.

Como reconoció el hijo de Hemingway, Patrick, ‘La quinta columna’ no es precisamente un ‘Ricardo III’. El propio Hemingway decía que el teatro no era lo suyo y renegó de la obra. Pero, leída tanto tiempo después, sí persiste ese encanto del Madrid perdido que hoy, entre turistas y tiendas de ropa, es tan difícil imaginar cuando se camina por la Gran Vía. Hemingway cuenta la historia de Philip Rawlings, su álter ego, un corresponsal que trabaja como agente secreto para los republicanos y que mantiene un romance con Dorothy Bridges, personaje inspirado en Martha Gellhorn, la legendaria reportera con quien Hemingway se casó, tras conocerse en Madrid.

«Tiene los mismos antecedentes de todas las chicas norteamericanas que vienen a Europa con cierta cantidad de dinero», escribe Hemingway en ‘La quinta columna’, caricaturizándola: «Son todas iguales. Universidad, dinero en la familia, ahora más menos que antes, generalmente ahora menos, hombres, enredos, abortos, ambiciones, y finalmente se casan y se tranquilizan o no se casan ni se tranquilizan. Abren boutiques, o trabajan en boutiques, algunas escriben, otras tocan instrumentos, otras hacen teatro, otras cine. Creo que pertenecen a algo llamado la Liga de las Jóvenes, donde trabajan las vírgenes. Todo para el bien público. Ésta escribe. Bastante bien además, cuando no se siente demasiado perezosa».

Por las ventanas de las habitaciones de la primera planta del Florida llegan las voces de los vendedores de diarios —« ¡El Sol!, ¡Libertad!, el ¡ABC! de hoy!»– y también la bocina de algún automóvil y el lejano repiqueteo de las ametralladoras. La mayoría de los corresponsales extranjeros se ubicaron allí durante la Guerra Civil por su proximidad al edificio de la Telefónica, donde se encontraba la oficina que controlaba las crónicas que enviaban al exterior. A Philip Rawlings, como a Hemingway, lo que más le ocupa son las mujeres y el bar Chicote, que aquí es sinónimo de la noche madrileña. «Ahora váyase a Chicote a emborracharse como un buen muchacho, haga su trabajo, y venga o llame cuando tenga noticias», le dice a Rawlings un jefe.

Chicote, escribe Hemingway en el relato ‘La denuncia’, era, «sin duda, el mejor bar de España», y uno de los mejores del mundo: «Los snobs que había entre los jóvenes de Madrid frecuentaban el Nuevo Club y los buenos tipos iban a Chicote». Allí no se hablaba de política, acudían las chicas más atractivas de la ciudad y se servían las mejores copas de whisky. Era un buen sitio donde esperar mientras cesaban los bombardeos en la Gran Vía, y el mejor lugar posible para iniciar una noche de juerga.

Ahora, donde estaba el Florida hay un Corte Inglés, la Gran Vía es un parque temático para instagrammers y el Chicote es un museo. Así se deforman las ciudades. De ese Madrid que Hemingway conoció, solo queda el ABC.

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