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La redención de América

Estados Unidos es un continente y no un país. Esta es una obviedad geográfica frecuentemente ignorada. ¿Quién en sus cabales pretende psicoanalizar a una nación con nueve husos horarios?

En Meridiano de Sangre, los penosos jinetes de Cormac McCarthy recorren miles de millas de un paisaje cambiante y violento y esa travesía desquiciada es quizás una de las cumbres de la historia de la literatura norteamericana. El lector termina exhausto. Aturdido.

Cualquier intento de encajar Estados Unidos en nuestros limitados esquemas culturales está abocado al fracaso. Empecemos por lo más básico. En Georgia o Carolina del Sur el orgullo es patrimonio conservador y es el derechista quien debe acreditar su condición, quien puede ver cuestionada su pureza por otro que se declare, él sí, un 'real conservative'. No existe un equivalente europeo para esa doctrina del repliegue, recelosa del poder federal, a la defensiva, con el valor nuclear de la libertad y movilizada aun hoy por el espectro del comunismo.

La falla que lleva abriéndose en el Partido Republicano desde que el prometedor John McCain eligiera a Sarah Palin como su compañera de ticket es un fenómeno político apasionante y aterrador. Uno de los más apasionantes y aterradores que mi generación ha vivido.

Yo llego exactamente hasta aquí. Ahora me toca confesar mi incapacidad. No comprendo el éxito de Donald Trump. Podría explicar su emergencia inicial, el triunfo parcial de su discurso en un puñado de estados, el apoyo de una parte del electorado como una especie de purga desagradable, de evacuación nacional de residuos ideológicos. Podría, pero el condicional se agotó ayer. Ahora sólo puedo ofrecer ocurrencias. Como esta: es el perfecto argumento para una ucronía escrita por un Philip Roth en 2030.

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