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La revolución cobarde

Foto: Olivier Matthys | AP

Los Episodios Nacionales de Galdós son algo así como una radiografía de la columna vertebral de esta España que nos flagela. En ellos uno puede encontrarse con todos los males que han azotado y azotan la nación (quizás utilice este término varias veces por analogía con el título de la obra), polvos decimonónicos sin los que sería imposible comprender los lodos en los que ahora nos revolcamos.

La traición, el patriotismo, la honradez, la vileza, el complot, la dignidad, la conciencia, la ira… En los Episodios encontramos todas las aristas del ser humano expuestas sobre el lienzo histórico del XIX, siglo que por intrigas es el más tortuoso de nuestra historia. Pero hay un personaje que suele aparecer en los distintos tomos, quizás el más entrañable. Se trata del heroico revolucionario. Aquél que, sin demasiadas armas, intenta sobreponerse a lo que considera deshonesto. Suele ser un personaje humilde, e intenta que prevalezca su justicia a través del antónimo de aquello que da título a este texto: la valentía.

No sé si Puigdemont habrá leído la obra, al menos alguno de los innumerables tomos que la componen, pues aunque no lo quiera, él mismo forma parte de esta columna vertebral que radiografía Galdós, y no habrá frontera ni arancel que le permita escapar de esta fiebre, que es tan española como él, malgré lui. Quizás, por afinidades natales, haya leído “Gerona”, uno de los últimos títulos de la primera serie.

El protagonista es Andresillo, y note Carles cómo Galdós suele colocarle el diminutivo a sus héroes, por su condición humilde. Él mismo relata cómo el pueblo gerundense reúne toda la valentía del mundo para resistir el asedio de los franceses a la ciudad. Sólo a través de la prosa de Galdós puede uno hacerse a la idea de lo que supuso este asedio: la población, famélica, coqueteando con la antropofagia; las ratas perseguidas para llenar los platos de la familia. Es la valentía la que permite que Andresillo sobreviva a la locura.

O quizás Puigdemont haya leído “Cánovas”, el último episodio de la última serie. Es ésta la narración más premonitoria de todas, aunque también la más descorazonadora. Pero lo más importante es que Galdós, a través de su álter ego más evidente, lanza varios discursos en los que adelanta el terrible futuro político al que (aún hoy) estamos abocados, y plantea una única solución: la revolución.

Eso sí, para alcanzarla, sea la revolución galdosiana o la puigdemonista, hace falta que nos mostremos, cito textualmente, “contumaces en la rebeldía, constantes en la protesta, viriles, románticos”. Estas incitaciones a la valentía, escritas en el último párrafo, cierran la más vasta obra escrita en castellano.

No sé si Puigdemont habrá leído los Episodios, no tiene pinta de leer esto ni aquello, pero sí sé que Galdós ha de estar revolviéndose en la tumba observando a estos nuevos revolucionarios, que ni para una esquina de párrafo de novela heroica sirven. Revolucionarios que deciden desligar su nombre del voto, como si Gabrielillo hubiera ocultado su rostro para no ser reconocido en “Trafalgar”.

Revolucionarios que salen huyendo a la primera, instando al pueblo a seguir con la revolución mientras ellos mastican gofres en la Grand-Place, como si Andresillo hubiera huido dejando a sus vecinos en la estacada, cuando los habitantes de Gerona amenazaban con comerse unos a otros. Revolucionarios que pintan la España actual como una dictadura, “dictadura” de la que ellos llevan varias décadas formando parte como órgano importante de gobierno, sacando no poca tajada económica por ello, dicho sea de paso.

Como si el último discurso galdosiano, el que pintaba a los gobernantes como personajes “hipócritas” y “estériles”, instando por ello a la revolución, hubiera sido pronunciado por Fernando VII o Pol Pot. Tan cobarde como hipócrita. Hagamos una cosa. No lean a Galdós, revolucionarios de nuevo cuño, pero tampoco le hagan vomitar.

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