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La ruptura del pacto con el lector de la realidad

"Al igual que a la vuelta de un libro cuyo argumento nos ha defraudado, también en la realidad otras lecturas nuevas nos esperan"

Foto: João Silas | Unsplash

Al igual que toda obra literaria se basa en el inquebrantable pacto con el lector, por el cual este admite lo que le cuenta el autor siempre que la trama que teje esté bien cimentada y no se le vean las costuras ni agujeros a las líneas, lo mismo estaba pasando con nuestra realidad; con mayor o menor fastidio transitábamos nuestras vidas que, en una línea general, eran creíbles. A veces pecaban incluso de monotonía y previsibilidad. Hasta la irrupción del Coronavirus. Esta situación ha terminado con la verosimilitud de nuestro presente; no nos lo acabamos de creer del todo a pesar de ser, lamentablemente, más real que el pan y la sal.

Para seguir con la analogía, cuando un lector rompe con el escritor y deja de concederle crédito, se pueden desprender de ello varios grados de consecuencias, ya según la beligerancia de cada cual: en el más inocuo, se abandona el libro y se le condena al polvo, algo que no podemos considerar preocupante, salvo en los casos que trae aparejada una desgana extensible a la hora de coger cualquier otro título, porque se considere que ninguna lectura es capaz de satisfacer al individuo en cuestión en ese momento vital. En una escala ascendente, el desengañado lector resarce su ira vilipendiando al autor a través de los medios a su alcance (ay, las redes, cómo me recuerdan a esa palangana que mis padres me ponían junto a mi cama infantil durante mis agudos episodios de gastroenteritis). En los casos más oligofrénicos, el consumidor de la obra puede llegar a secuestrar y torturar al padre de la criatura hasta que este escriba las líneas exactas que a él le convenzan. Que se lo digan al Paul Sheldon de Misery.

Hablamos de ficción, sí, pero no dejo de plantearme últimamente, con la insistencia terca de las obsesiones, si algo parecido puede suceder, o en cierto modo está sucediendo ya, en la sociedad. ¿Qué consecuencias va a tener en el ciudadano medio esta ruptura del pacto con la realidad? ¿Esta brecha abierta en la verosimilitud de lo cotidiano? Para empezar, muchos psicólogos están dando la voz de alerta sobre el preocupante aumento de la apatía. En un estudio realizado por la universidad Complutense, de los más de 3400 entrevistados, el 60 por ciento ha indicado que ha sentido poco placer o interés ante cualquier actividad durante la cuarentena, y que se han sentido decaídos, deprimidos o sin esperanzas. Muchos de los encuestados afirmaban sentir que estaban tirando estas semanas por el desagüe del tiempo. ¿Les suena? Todos ellos han cerrado el libro, lo han condenado al polvo y para sí mismos, como un impiadoso tribunal, se han autoimpuesto una sequía de actividad que actúa en bucle y les sume en una profunda insatisfacción.

No sé si han abierto hoy mismo las redes sociales o se están dando a ustedes mismos un sano descanso telemático. Si lo han hecho, seguro, les habrá costado decantar, entre amasijos de bilis, algún mensaje edificante que pretenda remar a favor del país dentro de la complicada situación que estamos viviendo. Más bien con lo que se habrán topado es con el panorama nuestro de cada día: ataques furibundos a la gestión del Gobierno, memes incendiarios contra el último político que haya sacado los pies del tiesto y amenazas directas que le dan tarea a la BCIT (Brigada Central de Investigación Tecnológica) tratando de dilucidar si estas pueden constituir un delito de odio. No en vano, la ruptura con el pacto de la realidad nos lleva, como puede llevarle a un colérico lector, a volcar nuestra rabia contra aquellos a quienes creemos responsables de la coyuntura que nos tiene a todos, literalmente además, presos. Solo que valdría la pena pararnos a pensar, aunque ya solo sea en términos prácticos, si nuestras acciones nos van a reportar más beneficio que perjuicio. Porque tal vez, así y por lanzar una idea descabellada al viento, no compensa envenenarnos para acabar, en el mejor de los casos, con una ristra más o menos extensa de likes por parte de conciudadanos igual de chamuscados. El desahogo tiene otros caminos, y no todos hacen mella en nuestra altura de miras.

¿Y qué pasaría si del extendido escarnio pasáramos a mayores? Suena desmedido imaginar que alguien pudiera erigirse en una especie de vengador nacional y acabar con la vida de algún responsable público. No imaginamos un magnicidio a cuenta del Coronavirus, es cierto. Pero hay algo que sí está en riesgo después de esta ruptura radical con la que era nuestra normalidad y que ya empieza a escucharse, no diremos en las calles pues en las calles ya no se habla, pero sí en los mentideros de la cuarentena (a saber, las videoconferencias que nos mantienen conectados), y es el descrédito general ante las estructuras políticas y sus dirigentes. No tenemos unas elecciones a la vista, pero cabe preguntarse si así fuera cuál sería el grado de abstención en las mismas. Si tomamos como ejemplo a nuestros vecinos galos, el vaticinio nos llevaría a pensar en el batacazo de la participación: allí esta bajó en las últimas elecciones municipales hasta en 18 puntos con respecto a las de 2014.

Ante este mapa arrugado de nuestro presente conviene recordar, para no convertirnos en tóxicos amantes de la desolación, que, al igual que a la vuelta de un libro cuyo argumento nos ha defraudado, también en la realidad otras lecturas nuevas nos esperan. Solo hay que tener la paciencia y el interés por cambiar de libro. Y si ninguno nos convence, no debemos olvidar que todos podemos escribir nuestra propia historia, una a la medida exacta de nuestro gusto, capaz de combatir nuestro conformismo, nuestro hastío y nuestra tristura.

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