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La silla

Foto: Eduard Militaru | Unsplash

Hace unos años, cuando la vida se me puso de repente cuesta arriba, decidí complacer a los míos y busqué un psiquiatra al que pudiera adoptar. Tras algún intento fallido, di finalmente con una persona buena y caótica sin apenas pacientes, que parecía alegrarse de verme.

El psicoanálisis tiene todos mis respetos por haber sido una mina de oro para los novelistas. ¿Qué más se le puede pedir? Cuentan que al recibir en su casa al Profesor Schultz, un célebre psiquiatra alemán, Freud le preguntó: “¿Cree usted sinceramente en su capacidad para curar a un paciente?”. “¡De ninguna manera!”, respondió Schultz. “En este caso, nos entenderemos”, le dijo Freud.

Un buen psicoanalista es el que consigue que te duela sólo lo que te tiene que doler y que te impide despreciarte por razones equivocadas.

Mi psiquiatra vive en un minúsculo piso sin sala de espera, entre inestables torres de papeles. Lo acumula todo, pero no clasifica nada. Básicamente lo que hago con él es tomar un café, beber agua y escuchar con atención su monólogo. Me habla de sus cosas con tanta pasión que me parece una grosería interrumpirlo para hablarle de las mías. “Si el hombre que piensa es un animal enfermo, el que mira, es un neurótico”, me suele decir.

La semana pasada me confesó que acababa de descubrir la importancia política de la silla, que la silla es el instrumento que explica nuestro tiempo, que todo se sustenta sobre las patas de una silla: el alboroto actual de géneros, sexos, identidades, feminismos… todo eso se explica por la silla.

“Mira una silla”, me dijo. “¿Hay algo más ideológicamente neutral? No es de derechas ni de izquierdas; no tiene religión, ni sexo, ni estatus social, ni historia… a lo más, tiene moda. No hay mayor neutralizador de diferencias. Instalados sobre nuestras posaderas, todos estamos en terreno de nadie. Si, como decía Marx, el instrumento de producción nos acaba modelando, hoy somos todos el modelado de una silla. La silla es el gran instrumento de conciliación, el gran motor de la equidad, el definitivo terreno neutral en el que todas las polémicas de la historia han venido a serenarse. La silla nos ofrece el consuelo de poder equipararnos por nuestro trasero. Por eso mismo, todas las diferencias antiguas agonizan en ella, especialmente las relacionadas con la virilidad. Sentado en la silla de una oficina, ser cazador, recolector, labriego, boxeador, torero, guerrero o monje, es poco competencial. ¿Pero qué ocurre cuando al final se encuentra lo que se buscaba y, finalmente, se han neutralizado las diferencias? ¡Pues que inmediatamente comenzamos a explorar otras nuevas, porque el hombre, amigo, es un animal de diferencias. Mejor dicho, es el animal que busca su valor en su diferencia con sus semejantes. En resumidas cuentas, que la silla es el nuevo generador de diferencias”.

Y esto fue todo.

Como no sé si lo que les acabo de contar justifica mi presencia en un medio tan prestigioso como este, para ganarme lo que cobro, añadiré una historia.

Freud, Jung y Ferenczi visitaron Nueva York. En Hester Street, Freud se compró un sombrero y mientras se lo ajustaba, le dijo a Jung con un suspiro: “¡Ah…! ¡La vida es un sombrero nuevo!” Jung, desconcertado, le preguntó: “¿Un sombrero nuevo, por qué?”. Freud se encogió de hombros. “¿Cómo voy a saberlo? ¿Es que además tengo que ser filósofo?” A la mañana siguiente, Jung se encontró con Ferenczi y aprovechó para decirle: “¡Ah…! ¡La vida es un puente colgante!” “¡Eso mismo me he dicho yo esta mañana mientras le pedía a la rubia que saliera de la bañera”, le respondió Ferenczi.

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